¿Qué queda de la lucha y el sudor de quienes trabajaron antes que nosotros? Un relato sobre el progreso, la nostalgia técnica y un pequeño truco para hacer visible lo invisible en un mundo que ya no tiene tiempo para los recuerdos.
Aunque estábamos en septiembre, ese día había hecho mucho calor en la Central de Telefónica en Ramos Mejía. El inmenso local se erigía sobre mi vista con sus ventanas cerradas, como una morada que albergaba al pasado.
Allí en ese local vacío, yacía acurrucado en un ángulo y rodeado de tabiques herméticos de madera y vidrio, un equipo telefónico digital que era el motivo de mi visita al lugar. Las rejillas de los conductos del aire acondicionado que otrora abastecían al gran local se habían tapado y estaban ahora, solo destinadas a alimentar ese pequeño receptáculo, que albergaba ese equipamiento telefónico informático.
—Ingeniero, es necesario renovar el equipamiento de aire acondicionado porque es muy viejo y parece que no funciona —me dijo el encargado—. Cuando la temperatura es elevada, el equipo telefónico corta automáticamente la operación y nos quedamos sin servicio de larga distancia. Es necesario hacer un nuevo proyecto urgente para reemplazar el sistema existente de aireacondicionado, porque la situación es grave.
—Está bien, voy a realizar un relevamiento para ver cómo lo realizamos —le dije.
Me senté a analizar el tema y de pronto el tiempo me remonta a veinte años atrás. La vida es como si se recorriera un álbum de fotos, aparecen como un completo inventario del pasado que se acumulan como una antología de imágenes atenazadas…
—Por favor, vaya urgente a ver el segundo piso del local de conmutación de Ramos Mejía porque las operadoras están haciendo una protesta reclamando el aire acondicionado.
El enorme local estaba cubierto por equipos conmutadores manuales para atender las llamadas de larga distancia. Era el nudo donde salían las comunicaciones desde Buenos Aires al mundo. A lo largo y frente a los equipos estaban sentadas las operadoras que mediante clavijas efectuaban las conexiones respectivas de acuerdo a los pedidos. Se habían instalado unos cuantos acondicionadores domésticos en las paredes que no daban abasto con las necesidades de calor del local y el ambiente en verano era realmente muy caluroso.
Me encontraba abstraído analizando el proyecto cuando a las 10 y 55, de repente y al unísono, como respondiendo a un llamado del cielo, todas las operadoras se pusieron de pie levantando las clavijas con las manos como símbolo de la rebeldía, cortando todas las comunicaciones de larga distancia. Cinco minutos después volvieron a trabajar normalmente.
—Están haciendo un movimiento de protesta por el aire acondicionado. Cada 5 minutos antes de cada hora ocurre lo mismo —me indicó la supervisora.
Evidentemente el reclamo tuvo éxito, porque surgió de no sé dónde la partida presupuestaria para hacer una instalación nueva. Realicé el proyecto optando por el montaje de dos equipos de aire acondicionado en la azotea y haciendo un agujero en el techo, con una red de conductos y rejillas para efectuar la distribución del aire frío en el enorme local.
La instalación fue una obra de arte. Se percibía una frescura uniforme en todo el recinto; el aire acondicionado no originaba ruido alguno y la distribución del aire era perfecta. Efectuada la recepción de los trabajos con el contratista pensé olvidarme de este tema para siempre.
Sin embargo, a los quince días de recibida la instalación, me llamó nuevamente el gerente:
—La instalación de Ramos Mejía no funciona. El personal está quejoso y es posible que realicen otra manifestación de protesta. Por favor vaya ya a ver qué pasa.
Allí fui nuevamente en una tarde de verano soleada con un calor terrible y lo primero que hice es ir a ver los equipos en la azotea para detectar por qué no andaban; con sorpresa constaté que los mismos funcionaban normalmente, de modo que bajé presuroso al local a ver qué es lo que ocurría. Cuando entré el ambiente era un oasis y una agradable sensación de frescor me rodeaba.
—Parece que arreglaron el equipo —le dije sonriente a la supervisora.
—No crea, Ingeniero, ¡el aire acondicionado no enfría bien!
—Pero… ¿usted sabe el calor que hace afuera?
Luego recapitulando en el local, detecté que el tema es que cuando la gente trabajaba mucho tiempo dentro de un local totalmente cerrado, se va olvidando del clima exterior. Y tenía razón… después de un tiempo de permanecer dentro del recinto, con tanta cantidad de personas fui sintiendo que la temperatura no era del todo agradable.
La solución fue sencilla: se abrió más la persiana de toma de aire exterior de ventilación para que entre más aire puro, se reguló el termostato para bajar la temperatura dos grados más y por último como aporte psicológico se colocaron unos flecos de papel en las rejillas de difusión del aire, para que las operadoras percibieran que salía aire y que el equipo funcionaba, porque el sistema no hacía ningún ruido…
—¿Ve cómo sale el aire? —le dije a la supervisora, mostrándole cómo se movían los flecos.
Después de casi una vida, me encontraba nuevamente allí. La sala estaba vacía; ya había dejado de ser Entel Argentina, ahora era la Telefónica Española para la cual yo estaba colaborando, y todo aquello había sido reemplazado por ese pequeño equipo digital. Ya no había operadoras, ni equipos manuales, ni supervisora, ni nada.
No pude evitar por un instante de estremecerme como si fuera una visión de pesadilla. ¿Qué ha sido de esa gente? Sus vivencias, su lucha, sus justos reclamos, sus alegrías, sus sinsabores, todo había pasado borrado por el devenir del tiempo con el progreso... Me quedé unos minutos en silencio, dejando que el eco de mi propia respiración rebotara en las paredes desnudas. El silencio de la central era ahora digital, un zumbido eléctrico casi imperceptible que reemplazaba el murmullo de cientos de voces y el rítmico chasquido de las clavijas entrando en los jacks. Aquel espacio, que antes vibraba con la urgencia de conectar vidas ajenas, se sentía ahora como un mausoleo de alta tecnología. Las marcas en el piso, donde alguna vez estuvieron las filas de puestos de trabajo, eran las únicas cicatrices visibles de una batalla ganada por el tiempo. Me sentí un intruso en mi propia memoria, un arqueólogo de sistemas que ya nadie recordaba.
Allí solo estaba el pequeño equipo telefónico que hoy se quejaba, como ayer lo habían hecho las sacrificadas operadoras. En el techo todavía permanecían estoicos los dos equipos de aire acondicionado con su carcaza oxidada ya, pero aún funcionando. Les cerré la persiana de toma de aire exterior. Total: ¡para qué querría aire nuevo un equipo digital! Y como antes, bajé la temperatura de control del termostato unos dos grados más y la cosa ya cambió en el pequeño recinto armado con tabiques de madera y vidrio y por último, en un impulso repentino, con una hoja de diario confeccioné unos flecos y los puse en las rejillas de salida del aire frío.
Mis dedos, ahora menos ágiles que en aquel entonces, rasgaron el papel con una precisión nostálgica. Mientras cortaba las tiras, recordé el rostro de la supervisora, su expresión de escepticismo transformándose en alivio al ver el movimiento del papel. El encargado me observaba con una mezcla de curiosidad y desconcierto, ajeno a que ese simple gesto era un rito, un puente lanzado hacia el pasado. No eran solo flecos de diario; era la recuperación de una mística, una forma de decirle al viejo edificio que todavía entendíamos sus trucos. El aire frío comenzó a agitar el papel con un ritmo frenético, como si las almas de aquellas operadoras estuvieran soplando desde el otro lado del tiempo para confirmar que, a pesar de los años y el óxido, la vida —o su rastro— persistía.
—Vamos a proyectar un sistema nuevo, por supuesto. Pero no subestime a estos viejos —le dije al encargado mientras los flecos empezaban a bailar—. Ellos todavía saben cómo hacerse notar. ¿Ve cómo sale el aire?
Relato publicado en la Revista Clima Año 2006.

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