Navegábamos surcando el viento con la vela mayor. Alrededor no había más que agua, nubes y un delfín que dibujaba su lomo cada vez que se acercaba a curiosear. Nos seguía de cerca: asomaba la nariz por la popa y se zambullía hacia babor en un juego de figuras incesantes.
Él se inclinaba sobre la borda para hablarle; parecía entenderse con el animal. Bajaba la cabeza hasta que la distancia entre ambos era mínima. Sin embargo, no era de mí de quien hablaba. Me alarmó escuchar el nombre de otra mujer, aunque debo confesar que, antes de zarpar, ya sabía que mis días estaban contados; para él, yo solo era una aventura fugaz.
Escuché cómo le contaba al delfín que, al llegar al muelle, lo esperaba un encuentro amoroso. El animal empezó a alejarse despacio y él, ansioso, se inclinó aún más. Colgado de la baranda, intentaba asirlo, pero el delfín le rehuía, jugando a dejarse ver sin dejarse atrapar.
En ese instante decidí que él era mío y que esa otra nunca lo tendría. Lo empujé. El delfín huyó espantado ante el estruendo del cuerpo golpeando el agua. Tras unos minutos, la espuma del chapuzón se desvaneció. Ni el rastro de un lomo ni su figura volvieron a quebrar la superficie.
Tomé el timón con la certeza de que nada sería igual. Ahora, dicen que en las noches de luna llena se ve a dos delfines navegando juntos en el lugar.
Finalista
XI Concurso de Cuentos breves. Surcando el viento.
Creatividad Literaria. España. Abril 2026.

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