Estaba inmovilizado y con el cuerpo
dolorido, mientras su memoria trataba de apartarse de ese delirio
diluido en la locura que se apoyaba sobre su conciencia. Se
encontraba rodeado de una soledad macabra y tenebrosa que vivía y
permanecía dentro de él. Esa soledad de su vida atormentada en
aquel pueblo rural solo había podido ocuparlo ella. Siempre
recordaba su sonrisa, su cabellera al viento, sus dulces palabras y
la consumación de ese amor, que le causaron tantas sensaciones de
felicidad.
Sin embargo tanto había perdido a
pesar de si mismo, de la miseria que lo rodeaba y la distancia que
los separaron, que no pudo aplacar aquella sensación que lo
perseguía. No podía concebir la magnitud de cuanto la quiso, pero
la traición que concibió su mente enferma fue devastadora. Esa
absurda venganza sumada a esa triste revelación, signada ya en la
demencia, no significaba en estos momentos más que una extensión de
su amargura.
Todo comenzó
cuando su amigo de infancia con un espíritu más emprendedor que el
suyo, tomó la determinación de partir del pequeño pueblo agrícola
en la que vivían para buscar nuevos horizontes. Sin embargo él
había decidido quedarse para cuidar a su
madre, y siguió trabajando en esas tierras que tanto amaba, como lo
había hecho su padre que recientemente había fallecido.
Su carácter era tan introvertido que
le costaba hilvanar las palabras, a veces ni siquiera contestaba y
permanecía callado como una piedra de la que parecía estar hecho.
Era bien parecido, flaco y alto, pero siempre estaba callado y serio
y solo en raros casos se reía. Al principio su amigo le escribió
contándole las peripecias de sus cambios de trabajo y su traslado de
un lugar a otro deambulando por diversas ciudades, para luego
radicarse en la Capital. El nunca se dignó a contestarle, y con el
devenir del tiempo las cartas se hicieron más espaciadas, hasta que
finalmente su amigo dejó de escribirle.
La partida de su amigo no fue la
única, porque la pobreza había invadido al pueblo y no pasaba un
día que alguien decidiera marcharse. Familias enteras recogían sus
cosas y trataban de buscar una alternativa mejor, más allá de esas
tierras que ahora no daban para vivir. Algunos, incluso con lo
puesto, se iban caminando lentamente hacia la estación para tomar el
tren, que era el único medio de transporte que disponían para
dirigirse a distintas zonas del país. Prometían regresar algún
día, pero la realidad era que nunca lo hacían.
El pueblo estaba cada vez más solo e
indefenso de la miseria y del abandono, que poco a poco todo lo había
invadido. Las calles solitarias comenzaron a olvidar el paso de los
labradores madrugadores que iban a trabajar a los campos aledaños y
de aquellos que hacían alguna tarea en el pueblo. Muchas casas antes
habitadas y llenas de vida, miraban ahora con sus ventanas cerradas
el futuro incierto de los pocos habitantes que permanecían todavía
estoicamente allí.
En ese entorno que vivía, al poco
tiempo falleció su madre y ya no tenía posibilidades de evitar su
soledad, pero de todos modos, se encontraba tranquilo viviendo en ese
pueblo. Cultivaba su pequeño campo suburbano que había heredado de
sus padres y nada turbaba su enfermiza calma.
Todo cambió para él cuando conoció
el amor de aquella niña que repentinamente se había transformado en
mujer. Encontró la pasión en aquellos encuentros en el campo, donde
bajo el sol de la primavera besaba sus labios y la contemplaba
silenciosamente. Luego acariciaba aquellos rizados cabellos castaños
como preludio de un éxtasis ya próximo. Esas citas amorosas
duraron solo un corto tiempo colmado de felicidad, porque tuvieron un
abrupto final cuando ella decidió acompañar a su madre para
cuidarla, porque debía internarse en un hospital de la Capital.
Había percibido en un segundo tan
largo como una eternidad que algo había muerto dentro de él, el día
en que ella lo miró mientras se dirigía por el camino de la
estación en compañía de su madre. Intuía en su mirada triste y en
su tímida sonrisa, que no cumpliría la promesa de retornar al
pueblo luego de la internación, para reanudar aquel amor.
.
Pero esa promesa de ella en realidad
escondía un secreto oculto, sustentado en el deseo implícito e
imperativo de no forzarlo, porque deseaba que él tomara la decisión
natural de acompañarla a la Capital y demostrarle con ello que
realmente la quería. Sin embargo, ajeno a ese deseo, él nunca pensó
en irse del pueblo e insistió en el reclamo que volviera
rápidamente. Al final obtuvo una promesa forzada de ella de volver
que lo dejó satisfecho y le dijo que la esperaría y que jamás la
olvidaría.
Es verdad que tuvo cobardía en no
decidirse a acompañar a ella con su madre en aquella partida, pero
en su subconsciente había un cariño enfermizo por ese pueblo rural
en el que había nacido y que lo atenazaba a esa tierra rodeada de
pobreza. Pero esa casa en el pueblo y ese pequeño campo aledaño
eran suyos y aún en la miseria, deseaba fervientemente compartirlo
con ella. El se quedó esperando alguna carta de ella, pero jamás
llegó ninguna y después de un tiempo, pensó en ir a buscarla pero
nunca se decidió. El dolor fue erosionando su mente hasta formar
parte de su ser, pero si bien había desesperación en esa angustia,
también había pasividad e indecisión en su actitud.
Cuando pensaba en ella el alma se le
entristecía, porque no podía concebir que la distancia que los
separaba haya amortiguado aquella pasión, y que ese amor se hubiera
disuelto en ella para siempre. Guardaba una foto en la mesita de luz,
y algunas veces miraba a esa mujer que le recordaba aquellos días de
amor. Siempre aparecía en su mente asida a su brazo en los verdes
campos donde trabajaba y como una cálida brisa inundaba de cariño
su corazón.
Muchos años
después en el pueblo fueron quedando una gran mayoría de viejos que
se preguntaban que hacía él entre ellos y no se había ido,
iniciando una nueva vida fuera de ese triste entorno como lo habían
hecho los demás. Un día vio llegar
al cartero distinguiendo el fino polvillo que dejaban los cascos de
su caballo en el solitario y descuidado camino de tierra que lo
conducía hacia su pueblo. Como ya casi no llegaban cartas habían
trasladado la estafeta postal del nuevo servicio privatizado al
pueblo más cercano ubicado a varios kilómetros.
El cartero llegaba siempre quejándose
por el estado de ese camino, llamando a la puerta de los pocos
pobladores que quedaban. Por lo general juntaba las cartas y las
distribuía una vez por semana cubriendo el trayecto a caballo,
siempre que no lloviera. Cuando llegó a su casa buscó la única
carta que traía en el bolsillo de su saco y se la extendió a él,
que lo miró extrañado.
― ¿Es para mí?
―, preguntó.
― Seguro, no he
venido cabalgando hasta aquí para saludarte, ― le dijo sonriendo
el cartero.
― Viene de la
Capital y es de tu amigo ―, le remarcó luego.
A él le dio un vuelco el corazón,
porque había pensado que la carta era de ella y se quedó mudo como
era su característica, mientras el cartero se despedía y se
retiraba montando su caballo. Permaneció mirando la carta sin
atreverse a rasgar el sobre por el temor a la noticia que contendría.
Cuando la abrió, su amigo le decía que hacía ya muchos años que
se había casado con una chica de ese pueblo, que conoció en un
hospital de la Capital, apenada por la muerte de su madre. Le daba
su dirección y le mandaba fotos invitándolo a visitarlo porque
quería hablar con él.
Al ver en la foto la mujer que estaba
junto a él, se encandiló con su alegre mirada y con su sonrisa
amplia. Porque la esposa no era otra que ella, la que conocía desde
que era niña, la de los cabellos castaños rizados, la que hacía
tanto tiempo se había ido, dejándolo esperándola obnubilado. Se
quedó durante largo tiempo paralizado como una estatua observándola,
mientras se le estrujaba el corazón, sintiendo que no tenía ya más
ganas de luchar y solo le quedaban amargura, tristeza y soledad.
Pensó que debía olvidar todo, porque su amigo había sido como un
hermano para él y seguramente no tenía la culpa de haberle mandado
esa foto ya que debería desconocer aquella pasión que tuvo con
ella.
―” ¿Que
necesidad tuvo de mandarme esta carta con la foto e invitarme a
hablar con él después de tanto tiempo?” ―, se preguntaba.
Repentinamente, al entrever que ella
pudo dejar que su amigo le envíe esa carta inocente, sintió como si
se le hubiera clavado un puñal en el corazón. Una vibración de
furia lo sacudió y entonces, un desatinado deseo de venganza comenzó
poco a poco a surgir dentro de su ser. La seguía amando con pasión,
pero ahora, invadido por celos enfermizos, comenzaba a concebir una
traición develada por esa carta, que le parecía una burla
despectiva y humillante.
Su mente enfervorizada eran como dos
mundos que no estaban de acuerdo. El interior le pedía tomar
venganza y el exterior quería seguir en el rutinario ritmo decadente
de la miseria que lo rodeaba en ese pueblo. Lo que ocurría era que
esos dos mundos diferentes se separaban o se tironeaban entre sí de
una manera espantosa. Hasta que al final, el despecho y los celos se
hicieron tormenta en su alma trepando a su conciencia y entonces,
decidió aceptar la invitación y viajar a la Capital.
Los viejos del pueblo al enterarse
sorprendidos de su viaje le preguntaron si se alejaba para siempre
como los demás, pero él sin mencionarles que iba a la casa de su
amigo, les dijo que su partida era temporaria. Que era una forma de
alejarse de allí y aprovechar ese tiempo para analizar las
posibilidades de continuar su vida en la Capital.
Al llegar a la estación esa mañana,
el azar hizo que tuviera que viajar en el último tren en servicio
que partía de allí. La Compañía Ferroviaria privatizada igual que
el Correo había decidido levantar el ramal debido al escaso tráfico
de pasajeros y carga del pueblo, que no lo hacía para nada rentable.
Sintió una profunda aprensión porque encima de la miseria,
aparecían ahora ese proceso absurdo e interminable de entrega de
los servicios públicos. Estos deberían cumplir una función social
y ahora privatizados, estaban controlados por burócratas y
funcionarios corruptos que todo le permitían a los concesionarios.
La clausura del tren seguramente
seguiría con la desaparición de la poca acción social sustentada
por el gobierno. Había una pequeña Escuela y la Sala de primeros
auxilios, que junto al Destacamento policial y la Iglesia aún
permanecían en la plaza principal. Ese último tren regresaría al
pueblo al otro día y luego la nada.
―” ¿Y si no
vuelvo en ese tren?”―, se preguntaba. La situación se
complicaría, porque debería viajar en autobús hasta el pueblo
aledaño. Luego debería conseguir que algún automóvil de alquiler
se atreviese a llevarlo por esos caminos de tierra, que eran
prácticamente intransitables e inaccesibles en los días de lluvia.
El viejo tren
traqueteaba sin cesar circulando por esas
vías casi sin mantenimiento, pero para él era una experiencia nueva
en la vida. El paisaje estaba rodeado de nostalgia que se sumaba a su
alma mortificada. Veía los campos de su pueblo que iban
desapareciendo y aparecían otros campos, otras casas y otros pueblos
con otras vidas, que seguramente eran más alegres y distendidas que
la suya.
Pensaba que su amigo debió sentir
dolor cuando abandonó todo al marcharse y al verse indefenso ante el
incierto futuro, pero eso para él ahora era secundario. Ellos
estaban juntos y con solo vislumbrarlo, los celos le atormentaban el
alma y poco a poco en ese viaje le fueron apareciendo sensaciones
extrañas en su mente. Eran como signos de incoherencia que hacían
que sus pensamientos desvariaran de un tema a otro sin poder parar.
― ¿Qué objetivo
tuvo mi amigo al mandarle aquella carta? ―, se preguntaba
intrigado. Si le hubiese bastado con no decirle nada, porque al fin y
al cabo era su vida.
― ¿Habría sido
instigado por ella? ―, pensaba con su alma mortificada.
Mientras todo lo veía pasar por la
ventanilla, movía instintivamente su mano de cuando en cuando, hacia
los bolsillos internos de su saco. En uno de ellos estaba la carta de
su amigo y en el otro el revólver con silenciador de su padre. El
traje, la camisa y la corbata, estaban casi sin estrenar y también
fueron de su padre y los zapatos los había tenido guardados desde
hacía tiempo y le quedaban algo ajustados.
A llegar a la estación de la Capital,
había una muchedumbre amontonada esperando y buscó la salida
rodeado de un tropel de gente que iban y venían como potros
enfurecidos alzando sus cabezas al aire. Mientras por los altavoces
anunciaban la salida de otros trenes, prácticamente fue arrastrado y
envuelto en ese caos, en un mundo tan distinto al de su pueblo.
Finalmente llegó hasta la parada de taxis y bastante sofocado le
dio la dirección al chófer que asintió mirándolo detenidamente,
entre curioso y divertido.
La casa estaba ubicada en una calle
empedrada frente a un inmenso parque y al llegar en ese atardecer,
estaba rodeada de una brisa con olor a eucaliptos. Al verla pensó
que a su amigo las cosas le habían ido muy bien, porque era un
chalet con todas las comodidades, construido de techos de tejas de
pizarra, grandes ventanales y jardín, que si bien se notaba que
había sentido el paso de los años, aún permitían vislumbrar el
lujo y la ostentación de épocas pasadas.
En la entrada del garaje se hallaba
estacionado un moderno automóvil. Al tocar el timbre, a través del
vidrio opaco de la puerta divisó la sombra de un individuo que se
acercaba, quien abriendo una ventanilla lateral lo miró en forma
expectante entre incrédulo y asombrado. Se reconocieron de
inmediato, aunque los rasgos de ambos habían cambiado bastante con
los años.
Le embargó la emoción y cuando su
amigo le abrió inmediatamente la puerta, se abrazaron en un abrazo
fraternal. Lo hizo pasar y se sentaron. Luego, mientras tomaban una
copa de licor, su amigo le habló de su vida y su actividad. En tanto
él con sus habituales pocas palabras le contó las desventuras del
pueblo y le habló de la muerte de su madre. Le dijo que después de
la migración solo fueron quedando los viejos y por último le
mintió, diciéndole que ahora estaban mejorando las cosas.
Al preguntarle después por su esposa,
distinguió dudas en su amigo y cierto temor en el tono de la voz al
respondele en forma ambigua y percibió como un dejo de culpabilidad,
como que todavía no se animaba a hablarle de ella. En ese instante
comprendió el motivo porque no recibía una respuesta clara a su
pregunta. Era evidente que su amigo conocía la relación sentimental
que tuvo con ella y por eso, no se atrevía a contestarle francamente
y su mente afiebrada dedujo que él sabía de aquella relación
amorosa y que era cómplice de aquella traición.
Cuando ella hizo su aparición a su
espalda, su amigo la miró tiernamente y al girar él la cabeza lo
encandiló la alegre mirada de ella, su sonrisa amplia, su pelo
rizado castaño. Se quedó mudo observándola embelesado y fue ella
que adelantándose lo besó, diciendo que se alegraba mucho de verlo.
En aquel momento comprendió la condena que debía cumplir por no
haber tomado la determinación de partir con ella. Siempre estaría
atado a aquellas casas que se caían a pedazos, a aquellas calles
solitarias, a esos campos que no daban ya para vivir y a ese pueblo
de viejos, casi incomunicado con el mundo. Su vida y su amor se
fueron marchitando sin esperanzas y había permanecido atado a un
recuerdo de algo utópico que nunca podría ser.
De pronto se sobresaltó en sus
pensamientos cuando oyó que su amigo lo estaba invitando a cenar,
porque ellos querían hablar sobre algo muy importante que tenían
que contarle más tranquilamente. Entonces volvió a atacarlo con
locura ese absurdo pensamiento que ella y su amigo lo habían
traicionado y humillado concientemente mandándole aquella carta. Fue
así que resueltamente tomó la determinación para la cual había
venido, sacó el revólver de su bolsillo y les apuntó.
― ¿Pero, te has
vuelto loco? ―, preguntó su amigo. Había sorpresa y consternación
en su rostro.
― Por favor
déjame explicarte ―, le pidió ella suplicante.
― No es
necesario que me expliques nada ―, le dijo él enceguecido.
Rápidamente apretó con certeza
varias veces el gatillo y vació alternativamente el cargador sobre
ellos. Solo percibió alguna leve exclamación ahogada, mientras la
sangre brotaba fácil de sus cuerpos que habían caído uno sobre
otro. Repentinamente, se encontró completamente solo e invadido por
una angustia infinita, sintió unas inmensas ganas de llorar y no
pudo contener las lágrimas que empezaron a brotar inundando sus
ojos.
Luego más calmado,
miró a su alrededor tratando de comprobar si no había señales o
indicios que lo delataran. En ese silencio que lo envolvía, lo
sobresaltó el ruido acompasado del péndulo de un reloj ubicado
junto a una pared del salón midiendo con indiferencias las horas. El
reloj era una caja negra, alta y estrecha que en ese entorno funesto
le pareció un ataúd y de pronto, sintió en el medio de su
pecho un estremecimiento agudo al distinguir fugazmente
iluminado en la penumbra, un retrato que le
pareció la imagen fantasmal de él mismo cuando era joven, mirándolo
inquisidoramente.
Aterrorizado, solo
atinó a huir corriendo hacia la puerta de calle, pensando que debía
alcanzar el último tren para regresar a su pueblo. Cuando salió de
la casa no había nadie frente a ese enorme parque, su mente estaba
como perdida en la nada y caminó desesperado en la noche, sin rumbo,
por las calles de la Ciudad. Finalmente, descansando en un banco de
una plaza pudo respirar una mezcla de paz y de misterio, cuando bajo
la luz espectral de la luna que todo teñía de gris, vio a lo lejos
los agudos y secretos escalofríos de una tormenta que relampagueaban
en sus ojos.
Finalmente,
caminando y preguntando llegó a la estación de trenes a la
madrugada, cuando caían las primeras gotas de agua de lluvia. Tenía
los pies ampollados de tanto caminar con esos zapatos ajustados y
esperó dormitando en un banco de la estación. Por la mañana, subió
al último tren que lo llevaría de regreso a su pueblo. Cuando
ese tren arribó a la estación en el atardecer, unas personas
estaban reunidas para protestar por ese acontecimiento que los
dejaría librados a su suerte y aislados del mundo. La estación
desde ahora sería como alguna de esas casas abandonadas, donde ya
solo el olvido penetraría en los andenes vacíos.
Permanecían de pie
viendo entrar en la estación ese tren que arrastraba un solo vagón.
Cuando se detuvo y lo vieron descender como el único y último
pasajero que había viajado quedaron sorprendidos. Hacía
mucho tiempo que no ocurría que alguien retornara tan rápidamente.
Como un designio maldito del destino, él había partido y regresado
al pueblo signado por la muerte de ellos y por la muerte del tren,
que por otra parte llevaría también a corto plazo a la muerte
irremediable de ese pueblo. Respondió a los saludos afirmando que no
le había gustado la Capital y que había decidido regresar, luego
les dijo que estaba cansado y que prefería irse a dormir.
Al día siguiente
se levantó muy temprano y buscó el amparo del trabajo en su campo
para calmar la pena en que se sentía sumido.
Tomado de sorpresa por la brisa fresca trató de entrar en calor
saltando y levantando las manos, mientras en un verdadero ataque de
ansiedad no lograba dominar sus ideas. En un momento dado, en su
mente todo se disolvía en la incertidumbre, pensando si existía él
realmente o era un ser irreal, danzando cómicamente sobre esa
tierra, y en medio de esas reflexiones el corazón le latía
intensamente.
La
soledad a la cual estuvo en gran medida siempre atado y en parte su
mente enferma la buscó con cobardía, perdía ahora todo equívoco e
iba alcanzar su punto extremo de locura. Al caer la tarde en el
regreso a su casa, a lo lejos en el horizonte de pronto apareció la
imagen de ella con esa sonrisa que lo cautivaba, mientras desplegaba
sus cabellos rizados al viento en el crepúsculo.
Estaba extasiado observándola cuando repentinamente esa visión
desapareció misteriosamente de su vista.
Estremecido por la angustia, la llamó
gritando su nombre en el campo y pudo intuir el eco lejano de su
propio grito, que no podía cesar de escucharlo en su mente aun
habiéndose callado. De pronto, el viento al soplar le trajo unos
murmullos como contestando a su llamado, que al principio le
parecieron demasiados lejanos, pero luego se fueron haciendo las
voces de dos personas que vistiendo uniforme policial se le
acercaban rápidamente.
Se asustó y quiso escapar, pero
cuando intentó correr tropezó y cayó al suelo, torciéndose con
dolor el tobillo. Lo alcanzaron y lo aferraron firmemente saltando
sobre él y mientras luchaba para sacárselos de encima. El cuerpo le
pesaba e intentó pararse con todas las fuerzas que disponía,
mientras el sudor lo empapaba completamente y en su mente todo daba
vueltas, hasta que finalmente se desvaneció.
Despertó a la mañana siguiente en el
destacamento policial con un espantoso dolor en todo su cuerpo y se
percató que tenía unas esposas puestas. Claramente, escuchó que un
policía le decía que estaba acusado de un doble crimen y frente a
él estaba parado reconociéndolo, el taxista que lo había
trasladado a la casa de su amigo. Pero en medio de su locura se le
erizó la piel y se le partió el corazón, cuando alcanzó a
distinguir parado algo más atrás, al joven de la figura de aquella
foto que vio en la casa de su amigo. Era tan bien parecido, flaco y
alto, como lo fue él en su juventud, quien lo miraba callado y
serio, con los ojos cubiertos de lágrimas.
Certificado
de honor I Concurso de Cuentos y Novelas cortas.Guillermo
Antonio Albornoz.
Biblioteca
Municipal Domingo Faustino Sarmiento.
Quines.
San Luis. Argentina. Noviembre 2021.