La
partida
Cuando
terminó la guerra civil española, mi padre estaba en una situación
difícil. Se rumoreaba que brigadas de soldados irían por las casas
en busca de opositores y sospechosos. Era delegado gremial en una
empresa textil de Barcelona que había peleado por la República muy
duramente. Fue herido, y estaba recuperándose en nuestra casa con
los cuidados de mi madre, cuando terminó la guerra.
Yo
tenía
dieciocho años y un hermanito muy pequeño de seis, que jugaba
saltando y corriendo indiferente de un lado para otro de la casa,
pues para él todo era fiesta. Habíamos decidido irnos, porque
queríamos escapar de los horrores de la posguerra buscando otras
oportunidades que nos proporcionaran tranquilidad. Sabíamos el
enorme riesgo a que nos exponíamos, dado que deberíamos emigrar en
forma furtiva.
Uno
de los amigos de la zona portuaria, que le debía la vida a mi padre
en los días que luchó junto a él en el frente, nos facilitó la
forma de escaparnos en un barco al otro lado del mundo. Una vez
arreglado los preparativos, partimos cabizbajos dejando atrás los
recuerdos que llevábamos en nuestros corazones, y la incertidumbre
de no saber si volveríamos algún día.
Las
últimas escenas previas a la partida produjeron en mí un mágico
frenesí. Cuando las gruesas amarras fueron izadas por la
tripulación y partimos entre las sombras de la madrugada, dejábamos
atrás nuestras esperanzas e ilusiones. Ahogando el llanto, yo
contemplaba como la nave se alejaba paulatinamente del puerto,
adentrándonos en la inmensidad salada de aquel océano infinito.
Una
fuerte brisa fría me sacudió como deseando despertarme de mi
letargo con una fresca caricia, cuando rememoraba al joven escritor
republicano que ocupaba mi alma. Seguía percibiendo su presencia, la
tristeza de sus ojos y sus húmedos besos de despedida. Cuando
pensaba en él, me sentía como en un lugar mágico donde podría
salir volando adentrándome en el mar, como si fuera una de esas
gaviotas que estaban revoloteando en el cielo.
Pero
ni el rumor del mar, ni el canturrear de las gaviotas, lograban
acallar aquella angustia, cuando vislumbraba a través del húmedo
velo de esas lágrimas que no había podido contener, como quedaba
atrás todo aquello. Sentía
en esos momentos que irme era como morir, mientras observaba que me
alejaba de mis afectos y de mis raíces. Me parecía que yo era como
una amazona montada sobre un indómito corcel, que sin poder
resistir, me conducía en busca de la puerta de entrada hacia un
nuevo destino. Era una mezcla de rabia e impotencia que me brotaba
incontenible, al comprender que no nos habían dejado otra salida.
La
travesía hasta llegar a Buenos Aires fue dura y excesivamente larga
para algunos de los pasajeros, con claros síntomas de desnutrición
y miseria. Mi pequeño hermano cayó enfermo sin poder superar la
dureza del viaje y murió de escarlatina. Nadie pudo hacer nada para
salvarle la vida, porque las condiciones higiénicas y la atención
médica de aquel barco dejaban mucho que desear.
La
desesperación nos sumió a todos, cuando contemplábamos como las
olas del mar se alzaban con sus descarnados brazos de espectro y se
llevaban aquella caja que contenía el cuerpo de mi hermanito a sus
profundidades. Una
inmensa depresión se apoderó de mi madre durante días y días, la
que emanaba del recuerdo de aquella imagen de su hijo con sus ojos
asustados, en esas oscuras noches de sufrimiento.
Después
de varios meses de navegación llegamos a destino y el puerto de
Buenos Aires nos dio la bienvenida entre un bullicio impresionante.
Había seres provenientes del mundo entero, que caminaban de un lado
para otro con sus equipajes. Nos recibió un pariente
que vivía allí desde antes de la guerra, que fue quien nos ayudó,
ofreciéndonos en alquiler una casa frente al parque Avellaneda y
allí nos instalamos.
En
la Argentina las cosas comenzaron bien porque mi padre consiguió
rápidamente un trabajo. Era un técnico calificado en materia textil
y toda su vida se había dedicado a la confección de telas, con
diversas combinaciones de formas y colores, En ese entonces había
avidez de conocimientos y nuevas tendencias que necesitaba de
expertos, con lo que rápidamente fue progresando en el trabajo.
Ya
al mes de estar aquí, empecé a notar las molestias propias del
embarazo. Dentro de mi ingenuidad, había pensado equivocadamente que
aquel retraso era debido a los ajetreos del viaje e incluso a la
escasez de comida en el barco. El destino quiso que recibiera la
noticia durante la consulta de ese médico, que era un conocido de mi
padre en Barcelona. Fue en fue en ese momento que lloré como nunca
antes había llorado, descargando todas las penas de mi alma.
La
novedad del embarazo provocó un golpe en mi familia, pero después
de aquel disgusto inicial, mi madre me fue apañando. Esa noticia,
había conseguido devolverle poco a poco, la ilusión de recuperar al
hijo que había perdido. Al poco de dar a luz un niño precioso
empecé a trabajar con mi padre, porque en esa fábrica se necesitaba
atender los numerosos pedidos, que llegaban a diario procedentes de
todas las zonas del país.
Cuando
terminábamos nuestra jornada de labor, efectuábamos con mi padre el
trayecto nocturno para volver a casa, atravesando a pie el enorme
Parque Avellaneda. En general no hablábamos entre nosotros, sólo
emitíamos algunas frases sueltas, envueltos en nuestros propios
pensamientos. Nos costaba adaptarnos a este nuevo ambiente. La gente
era amable con nosotros, pero algo distante y yo me sentía como una
inmigrante, ganando mi derecho a permanecer en ese nuevo lugar.
Mientras
mi hijo fue creciendo, mi madre se encargó de todo desde el
principio. En realidad lo acogió como si fuera su propio hijo en
lugar de su nieto y yo lo acepté con serenidad y comprensión. Jamás
le conté nada a nadie sobre quien era el padre, porque todo se
diluía en medio de mi cobardía y ese secreto se apoyaba sobre mi
conciencia.
Y
en esos anocheceres al terminar el trabajo diario en la fábrica,
siempre recorríamos con mi padre ese camino de regreso por el
parque. Avanzábamos en las penumbras a través de un decorado de
árboles con aroma a eucaliptos. El
caminar junto a él, me servía para apaciguar la tristeza que
sentía. La
intensidad de mi amor era tan grande y tan poderosa que no podía
aceptar que todo aquello había muerto. Sentía como una niebla en mi
espíritu que buscaba recuperar recuerdos, pero a veces no lograban
colarse a través de las rendijas y cerraduras de los postigos de mi
alma.
No
había nada más amargo para mí que el sentimiento de impotencia,
aquella que ni con la resignación lograba reducir y menos aún
superar. Ese vacío de mi ser, esa soledad en mi vida atormentada,
solo podía ocuparlo aquel amado escritor republicano. Nos conducían
los faroles que alumbraban un círculo en el camino, surgido como
desde un sueño, renovándose en los serpenteados senderos de tierra
que parecían no tener fin. Todo ello me hacían rememorar aquel
anochecer de otro parque lejano en Barcelona, donde los árboles y la
luna, cobijaron aquel fogoso amor de mi juventud.
Mirando
al cielo me preguntaba ¿Qué lejana galaxia acunaría ahora aquellas
pasiones y luego esas tiernas fatigas, envueltas en poemas de amor?
Las luces nos marcaban el rumbo y finalmente nos sacaban de la
oscuridad, para guiarlos a la casa alquilada frente al parque. Allí
estaba la mesa familiar preparada por mi madre, donde como siempre
cenamos casi sin hablar, rodeados de los gritos alegres del jugar de
mi hijo. Para el niño todo
era fiesta y ello me hacía recordar con un dejo de tristeza a mi
hermanito en España.
El
regreso
La
soledad a la cual me encontraba atada, había perdido ahora todo
equívoco y alcanzaba su punto extremo. Me
debatía entre un mundo lejano que ya no existía, perdido del otro
lado del océano y este otro cielo que me cobijaba con solidaridad.
Era un cielo distinto, pero que en paz, me estaba proyectando hacia
los días futuros.
Y
el futuro me fue
conduciendo con mis padres hacia el mundo de la moda y no tardamos
mucho en adquirir esa casa donde vivíamos y luego nos
independizamos. Para ello, abrimos un negocio de confección de
prendas de vestir, que nos dieron bienestar con un buen pasar
económico. Lo demás fue tiempo. Un tiempo de vida rodeado de
prosperidad, con aquel secreto guardado en soledad en mi pecho.
Y
fue mucho después, que en ese misterioso devenir de los años habría
un mañana en el amanecer de aquel nuevo día de España. Fue el día
que increíblemente, una muerte encendió la luz de la libertad que
me permitía volver a verlo todo. Pero lamentablemente, el destino no
quiso que ese día mis padres pudieran estar en vida conmigo,
celebrando ese acontecimiento feliz.
Fue
justamente en ese día, que de pronto encontré aquella foto que
estaba con ellos en Barcelona durante mi infancia. Y como en un
círculo interminable en el tiempo, mi memoria me remontó hacia
aquellos años llenándome de nostalgias. Y cuando no aguanté más,
parsimoniosamente tomé una copa, apoyé la foto de los tres sobre
aquella misma mesa en la que durante tantos años habíamos comido en
silencio. Luego, abrí una botella de champagne en esta noche
estrellada y mirándolos fijamente levanté la copa y brindé por
ellos. Después, con los ojos empañados, vivé con toda mi alma por
la república española, por cuyos principios mis padres habían
signado el destino de sus vidas.
Sabía
que en mi patria no había una libertad republicana, pero aquellas
cadenas de la dictadura se habían roto para siempre. Esa libertad
majestuosa, estaba ahora enmarcada en la democracia y el respeto de
los derechos humanos, que eran ideales de aquellos que dieron la vida
por la querida república. Y
luego, lentamente seguí tomando copas hasta agotar la botella,
porque quería de alguna forma apagar ese fuego que sentía en mi
alma. Entonces, borracha y rodeada de recuerdos, tomé la decisión
de retornar a Barcelona, mientras percibía una suave brisa con olor
a eucaliptos que provenía de ese inmenso parque Avellaneda.
Viajé
sola en ese avión y en poco más de doce horas había cruzado medio
mundo y estaba cumpliendo los deseos de mi alma, que me había pedido
a gritos volver. Quería reencontrarme con aquellos recuerdos que
había dejado en el pasado y eso era lo que había decidido hacer en
aquella noche de felicidad. Cuando
desperté supe que había llegado y el corazón me palpitaba al
aterrizar en la tierra que me había visto nacer hacía ya tanto
tiempo. Me había preguntado tantas veces que diferente sería todo
desde que me fui. Cómo estaría ahora mi casa, mi barrio, los amigos
que había dejado, los vecinos que seguro ya casi no quedarían.
Seguramente se habrían muerto o ya no se acordarían de mí.
Bajé
del avión y me dirigí junto al resto del pasaje a recoger mi
equipaje. ¿Que había sido de todo aquello? Con mi mente
enfervorizada caminé hasta la parada de taxi, respirando una mezcla
de alegría y misterio. De pronto, como un álbum de fotos, como un
inventario del pasado, como una antología de figuras entrelazadas,
comencé a percibir el palpitar inconfundible de mi ciudad natal. Me
alojé en un hotel cerca del barrio donde habíamos vivido con mi
familia, hasta que tuvimos que huir.
Me
asombró cómo había cambiado todo, los edificios ya no eran los
mismos y mi casa de dos plantas había desaparecido. En su lugar
había un hotel moderno con grandes cristales, solo la panadería
seguía inamovible a simple vista y percibí con placer el olor del
pan recién hecho.Tenía
un verdadero ataque de ansiedad y no lograba dominar mis ideas, todo
se disolvía en medio de mi agitación. La necesidad de volver a
verlo a él se apoyaba sobre mi conciencia, que la mantenía apretada
con fuerza. ¿A dónde me conduciría ese regreso?
La
mañana llegó y salí de la habitación del hotel cuidadosamente sin
hacer el mínimo ruido. Lentamente y cautivada por el rocío del
amanecer, dirigí mis pasos sin preocuparme más que por mis
pensamiento en ese peregrino paseo. La
noche había sido un gran alivio para mi desasosiego y como no había
nadie, no tenía que esconder mi dolor de miradas y lástimas ajenas.
Estaba
emocionada de estar allí después de tanto tiempo, porque los muros
de piedra del recinto y las escaleras no habían cambiado. Estaban
iguales de tristes y silenciosas, con las mismas flores sobre las
lápidas y los mismos cipreses entre las tumbas. Allí descansaba
aquel joven del que tuve que separarme, huyendo con mis padres hacia
nuevos horizontes lejanos. Aquel escritor amado que supe que lo
habían matado por boca del médico amigo de mi padre, en la misma
consulta que me confirmó mi embarazo.
En
esos momentos de recogimiento, buscaba recuperar una infinidad de
sensaciones invisibles que incansablemente me rondaban. Quería
reproducir en mi memoria, las situaciones y las circunstancias
relacionadas con mi pasado, que estaban atrapadas en esa indefinida
dimensión de tiempo, lejos de las limitadas fronteras de lo
material.
Mi
memoria permanecía intacta, recordaba cada detalle y cada momento de
mi vida como si lo estuviera viviendo en ese instante. Mis recuerdos
afloraban al exterior, mientras él me escuchaba en silencio, sin
hacer la más leve interrupción. Le conté que iba a conocer a su
hijo porque antes de partir le había confesado toda la verdad y él
vendría a visitarlo con su nuera y sus dos hermosos nietitos. Y así
seguí hablando, poniéndolo al día de todos los momentos de mi
vida. Era completamente feliz, porque seguía perdurando en mí esa
sensación de cariño y ese amor profundo en mi alma.
¿Era
esa realidad, un conjunto de sueños? Porque en esos sueños volví a
reunirme con mi amado en aquel parque de Barcelona. En esa cita
habíamos vuelto a ser jóvenes y me asombraba al verme caminar del
brazo de él después de tanto tiempo, eligiendo los caminos menos
transitados. Me extrañó ver que apenas habían cambiado, como si el
tiempo estuviera quieto y no corriera. Como si todos esos atardeceres
a pesar de ser distintos, siguieran siendo los mismos.
Y
en ese el anochecer, me sorprendí al ver a los árboles y a la luna
permanecer inmóviles y respetuosos ante aquel sublime acto de amor
que engendrara una vida envuelta en la poesía. Era como si el reloj
sombrío que medía indiferente las horas tristes de mi existencia,
se hubiera parado de felicidad para siempre.
Seleccionada Concurso de relatos de viaje.
Moleskin.es.
España. Mayo 2009.
Incluido en el libro: Cuentos del Parque Avellaneda.