viernes, 30 de diciembre de 2016

Tangos en la radio

Me acerqué y elevé el volumen
dentro del cuarto en penumbras,
y al emerger los tangos en la radio
todo mi mundo interior se alumbra.

Los cantores me llenan de alegría,
con algunos poemas compadrones,
pero siento que el corazón me llora
cuando oigo gemir los bandoneones.

Y mientras escucho esos tangos
mirando la radio extasiado,
le sonrío con cariño a esas voces
que jamás me han abandonado.

Al cerrar melancólico mis ojos
con esos compases en mis oídos,
en una  magia hecha Ciudad
se van envolviendo mis sentidos.

Y recuerdo al Buenos Aires de ayer
con sus calles de tierra lejanas,
entre zanjas y angostas veredas
alumbradas por la luna suburbana.

Esas calles que reviven en mi mente
me conducen hacia mi viejo barrio,
con sus paredes llenas de nostalgias
que siguen gambeteando al barro.

Y cuando en la radio resuena
un tango con la voz de Gardel,
mi alma flota entre las madreselvas
que aún tienen el perfume aquel.





Diploma de Mérito. XVI Certamen Poético.
Tema el Tango y la radio.
Centro cultural del Tango Zona Norte.
Argentina. Diciembre 2016.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Ilusión en la noche

Con mucha angustia en el alma, el poeta mira por la ventana como su amada se va caminando por la playa. Llueve y en esa noche no hay luna, ni estrellas y el horizonte del mar se oculta tras las sombras. Luego de un tiempo oye un ruido en la puerta y en la oscuridad sus ojos brillan ilusionados. 
― “¿Van y vienen las olas del mar?” ―, se pregunta con su corazón esperanzado. Pero sólo es una brisa fría que ha movido la cortina.



 

 

 

 












Seleccionado III Concurso de microrrelatos nocturnos.

Incluido en el libro Inspiraciones nocturnas III.

Diversidad Literaria. España. Diciembre 2016.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Ella permanece cerca

Ella permanece tan cerca de mi mente enamorada y aunque me dijo al despedirse que mi amor no le bastaba, estoy aquí esperando que ocurra el milagro de su regreso. Ahora que no está, no puedo dormir tratando de comprender esas palabras, y en la soledad que rodean mis noches, ella sigue permaneciendo muy cerca de mi alma. Porque si bien es poco el amor que me entregó, es mucho el recuerdo que me queda de su amor.








Finalista II Certamen de Microrrelatos. Noviembre.
Incluido en el libro Reflejo.
Letras como Espada. España. Diciembre 2916.

¿Que es la felicidad?

¿Qué es la felicidad?
me pregunto,
mientras veo tus ojos
que me miran ardorosos.
¿Qué es la felicidad?
me pregunto,
mientras veo tus labios
que se me ofrecen ansiosos.
¿Qué es la felicidad?
La felicidad … eres tú.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Finalista II Concurso de Minipoemas. Mi Anaquel.

Incluido en el libro Soledad.

Mundo Escritura. España. Diciembre 2016.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Luna lejana

Cuando sale la luna
todo es más transparente,
y se alumbra la noche
con un gris resplandor. 

Inmerso en mi tristeza
presiento su llegada,
y entre extraños reflejos
surge ella sonriente.

Pero en esas tinieblas
perdidas en mi mente,
ella se halla muy lejos
bajo aquella otra luna.








Finalista II Certamen de Poesía. Noviembre.
Incluido en el libro Reflejo.
Letras como Espada. España. Diciembre 2016.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Amor del mar y la luna

Hoy tiene el mar
por amor a la luna
flujo creciente.

En el ocaso
el brillar de la luna
incita al mar.

Luna con mar
en estrellada noche
se aman sobre olas.








Finalista II Certamen de poesías Haikus Yosa Buson.
Incluido en el libro Haikus y Sonetos V.
Letras como Espada. España. Diciembre 2016.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Amor y ternura

Aquel amor romántico de cuando nos conocimos durante las vacaciones en el mar, fue luego como un rayo ardiente de luz que nos iluminó de placer y felicidad. Ahora en la paz hogareña de la ciudad, aquella luz amorosa sigue resplandeciendo con cariño. Es que tengo los ojos iluminados de ternura, mientras siento la dicha de tocar su vientre y percibir como el bebé se mueve en sus entrañas.

 












Seleccionado III Concurso de microrrelatos románticos.
Incluido en el libro Porciones del Alma III.
Diversidad Literaria. España. Septiembre 2016.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Huellas

Navegante dejas huellas
en una estela allí atrás.
Navegante tu destino
es en tu puerto amarrar.

Caminante dejas huellas
en una senda allí atrás.
Caminante tu destino
es a tu pueblo llegar.

Ferroviario dejas huellas
en una vía allí atrás.
Ferroviario tu destino
es a la estación arribar.

Astronauta dejas huellas
en el cielo allí atrás.
Astronauta tu destino
es en la luna alunizar.

Poeta dejas huellas
en tus versos allí atrás.
Poeta tu destino
es el amor alcanzar.









Finalista II Certamen de poesía 
Incluido en el libro Letras de otoño.
Letras Como Espada. España. Noviembre 2016.

jueves, 27 de octubre de 2016

Estrellas y poesías

―” ¿Cuál será la estrella que a mis versos alumbran? ¿Será ésta tan cercana o esa tan distante? ¿O aquella, que parece más brillar?” ―, se preguntaba dubitativo el poeta, mirando el cielo oscuro de la noche y provisto de pluma, tinta y papel. Él no sabía en que galaxia lejana podría encontrarse esa estrella, pero en realidad poco le importaba, porque todas iluminaban las poesías inmersas en su alma  de escritor.

  










Seleccionado V Concurso de microrrelatos.

Incluido en el libro: Pluma, tinta y papel. 

Diversidad Literaria. España. Octubre 2016.


 

miércoles, 26 de octubre de 2016

Dicen que dicen

La vecina semioculta detrás de la ventana
¡Al fin vuelven! Estos chicos se creen que están viviendo en la Ciudad, olvidando que este es un barrio humilde pero decente y acá no se acostumbra llegar a estas horas de la noche. De ella no lo puedo creer, una chica de su casa estudiosa y aplicada y tan modosita que parecía. ¡Pobre de mí!, tenerla que verla en minifaldas montada en una motocicleta, teñida y mostrando todo, con si fuera una modelo de la tele.
Él es un mequetrefe mal parido y… me parece que está borracho. ¿Que busca de esa chica? Este mocoso solo le puede ofrecer miseria. Si ella fuera más recatada podría ser una reina con un buen partido como el hijo del comisario, que le anda arrimando el ojo. ¡Que vergüenza! Porque estas descaradas se casan en la Iglesia y se visten de blanco después que pecaron y ¡vaya si pecaron! Total se confiesan y el cura les perdona todo, dándole  la hostia como si nada.
Que veo… ¿Se despiden sin un beso? … ¡Claro! ya se cansaron de revolcarse haciendo el amor y ahora están enojados…  ¡Ya vas a llorar esta noche el desengaño nena! … Bien lo se yo, que ya bebí mis años y me quedé para vestir santos.Mañana a la mañana le voy a contar todo a su madre para que actúe con firmeza. Pero…  ¡Estas madres modernas! ahora son muy cómodas y ya no controlan a sus hijos como antes. Ni que hablar de su otro hijo que se la pasa en el boliche con sus amigotes, sin hacer nada en todo el día.
Si yo fuera la madre sí que irían bien derechitos…¡Un poco de rigor! eso es lo que le hacen falta a esos chicos.

Él en el infierno
Al dejarla esta noche en su casa, ví una sombra en la ventana de la vecina y comprendí que nos estaba espiando. Por esa vieja chismosa todos conocían en ese barrio mi noviazgo y andanzas con ella, pero ahora eso no tiene ninguna importancia para mí. Al atardecer habíamos ido a hacer el amor en mi motocicleta, al departamento que un amigo me prestaba en el centro y yo había bebido bastante. Antes de regresar fue cuando ella me contó que estaba embarazada y que deseaba tener la criatura. 
Mi reacción ni yo mismo la esperaba, posiblemente haya sido la sorpresa, el hecho que realmente no la quería o la sospecha que ella lo había hecho a propósito para atraparme. Con mi espíritu envuelto en la bebida, le respondí que no quería saber más nada con ella, que no era hijo mío y que nunca lo reconocería y le mentí que estaba enamorado de otra.
Mientras ofuscado y medio borracho la conducía a su casa, pensaba que debía fugarme del barrio cuanto antes, porque aunque no lo reconociera, todos sabrían que era el padre de ese chico. Tomé conciencia que las habladurías en ese barrio donde todos se conocían serían infernales, pero a mi eso no me importaba, sólo pensaba en huir de su hermano, que con sus amigos del boliche, seguramente me tratarían de matar si no me casaba con ella.
El enojo seguía luego envolviendo mi mente mientras regresaba esa noche a mi casa después de dejarla, cuando no me di cuenta en la oscuridad que el pavimento estaba mojado, patiné con la moto y sin los reflejos necesarios por mi estado de embriaguez, me estrellé contra un árbol.
Y ahora la irritación me sigue acompañando acá en el infierno, junto a este calor insoportable que me envuelve, cuando veo esa sonrisa cínica de ella contemplando mi cuerpo destrozado. 

Ella en el lugar del accidente 
Al entrar en mi casa anoche, atisbé la silueta en la chismosa de mi vecina en su ventana, dado que por esa vieja charlatana del barrio todos conocían mi noviazgo y mis andanzas con él. Sin embargo, en ese momento no tenía ninguna importancia y ya nada valía la pena. Fui hasta mi cuarto y me encerré, porque él me había dejado.
Antes de regresar él estaba muy alegre y ya había bebido bastante y fue allí cuando me decidí a contarle que estaba embarazada y que deseaba tener la criatura. La reacción que tuvo no la esperaba, porque repentinamente se puso serio y me dijo que no quería saber más nada conmigo, que no era hijo suyo, que nunca lo reconocería y que estaba enamorado de otra.
Cuando nervioso me conducía a casa en la moto, tomé conciencia de lo ruin y mezquino que era y que si tenía el chico sin un padre, las habladurías en el barrio conmigo serían infernales. Pensaba que lo mejor que podría hacer sería abortar. De pronto, envuelta en estas reflexiones sonó el teléfono y cuando atendí era mi hermano, diciéndome con voz apesadumbrada que mi novio había tenido un accidente y que me  pasaba a buscar para llevarme con su moto.
Al llegar allí, pude ver en la oscuridad lo que había sido su moto y su cuerpo destruido. Algunos curiosos comentaban que al parecer había bebido demasiado, lo que hizo que patinara y chocara contra un árbol y era cierto, pero además había discutido conmigo, aunque eso último sólo yo lo sabía. Ahora él estaba muerto y no me importaba para nada. Traté de pensar con calma y de pronto, cuando mi hermano me trató de consolar con la mirada, lo comprendí todo y no pude evitar esbozar una sonrisa perversa. !Que suerte había tenido!
¡Me había salvado! Para esa gente chismosa yo que siempre hubiera sido una despreciable mujerzuela abandonada con su hijo, ahora sería una novia destrozada por la fatalidad, que Dios la compensó con el fruto del amor en sus entrañas. Y aquella insinuación que el otro día me hizo el hijo del comisario, creo que la voy a mirar con otros ojos.
 



Diploma participación destacada:
5º Concurso Literario 
"Cuéntanos tu Cuento”
Biblioteca Pública 
Municipalidad de Chimbarongo.
Chile . Septiembre. 2012.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El mate del abuelo

Cuando ahora trato de reproducir las situaciones y las circunstancias relacionadas con el amor y respeto, llevo grabadas en mi mente la imagen de mi abuelo. Durante mi infancia pasaba en la casa de él las vacaciones de invierno de la escuela, ubicada en una región bellísima donde los árboles suspiraban y el arroyo cristalino se deslizaba cantando por entre las orillas cubiertas de flores.
La casa de mi abuelo emplazada frente a ese arroyo, ya ante mis ojos de doce años era realmente pintoresca. Era una pequeña morada de muros de ladrillos con techo de tejas coloniales, con un amplio huerto cultivado por mi abuelo con sus propias manos, donde había todo tipo de verduras y hortalizas que nos servían de sustento. Mi abuelo comulgaba la filosofía del amor al prójimo, al trabajo y a la vida.
La fragancia de las plantas y las flores, el canto de los pájaros y como fondo el hermoso murmullo del circular de las aguas del arroyo, se mezclan ahora con las vivencias de mi niñez. En mi mente aparece la figura apacible de mi abuelo pescando con su sombrero emplazado sobre la calva de su cabeza, bajo la cual surgían algunos cabellos blancos. Ya en ese entonces yo había aprendido a disfrutar de los dones de la naturaleza, a sentir el olor de la hierba y el perfume de las lavandas que mi abuelo ponía siempre en el ropero donde guardaba la ropa.
A mi abuelo le apasionaba el mate de bombilla y había elaborado uno grande y hermoso con una calabaza de su huerta casera, que cuando me los cebaba calentitos constituían para mí una delicia en aquellas frescas mañanas. Vivíamos durante ese tiempo en una zona de árboles autóctonos que nos proveían infinidad de frutas y leña seca y en el arroyo cristalino había todo tipo de peces que constituían parte de nuestro alimento.
Ya en esa época en el silencio del lugar se percibía a lo lejos el ruido de las motosierras. El ritmo de desmonte y la degradación forestal del área que vivíamos eran importantes, porque esa madera se la utilizaba como materia prima para una fábrica de celulosa que se había instalado hacía muy poco, aguas arriba y a la vera del arroyo. Lamentablemente se trataba de unos industriales obsesionados sólo por sacar rédito económico de su producción, sin ningún tipo de escrúpulo y respeto por el medio ambiente.
Le habían hecho al abuelo una oferta por su propiedad, pero éste se negó a venderla porque sabía que si bien podría cambiar sus hábitos de vida, nunca podría adaptarse a vivir alejado de ese clima y de ese entorno natural donde había transcurrido su existencia. Esas empresas para disminuir las inversiones habían contado con el apoyo de funcionarios corruptos, que los autorizaron a la deforestación de los bosques naturales y la deposición de sus efluentes al arroyo, permitiéndoles prescindir de las costosas y complicadas instalaciones que requerirían las plantas de tratamientos de los residuos.
Ha quedado grabado para siempre en mi memoria aquella fría mañana nublada cuando lo vi fruncir el ceño al abuelo y comencé a percibir un olor desagradable proveniente del arroyo. Yo con mis pocos conocimientos trataba de entender lo que pasaba, hasta que lo comprendí todo, cuando al llegar corriendo con el abuelo vimos sobre la arena del arroyo cientos de peces muertos, como si un espíritu maligno había pasado por allí. Durante un tiempo permanecimos impávidos y como paralizados contemplando aquel panorama desolador. Mi pequeño corazón palpitaba de angustia y al mirar a mi abuelo, por primera vez en mi vida me pareció pequeño y triste. Con la cabeza gacha se sentó sobre una enorme rama caída y permaneció un largo rato en silencio ante la imagen de esa catástrofe.
Ahora comprendo su abatimiento ante esos hechos de destrucción del hábitat natural, porque los hombres honrados y humildes como él, muchas veces se sienten débiles y desamparados ante el descontrol de esas industrias poderosas. Por su cuerpo recorría un escalofrío y se sentía débil, como si sus fuerzas lo hubiesen abandonado, como si su alma hubiese partido dejando sólo un cuerpo moribundo. Con tristeza, posiblemente se haya preguntado como sería el mundo futuro en el que viviría su nieto, si la humanidad no es conciente de todo el daño que esta provocando a la naturaleza.
De repente, en ese ruinoso panorama y como una  bendición del cielo apareció el sol entre las nubes y la tibieza de sus rayos que atravesaban como finas agujas blancas el follaje de los árboles, reanimó a mi abuelo al suministrarle calor a su cuerpo. Entonces, me explicó que con el avance de la técnica el hombre insensato estaba depredando el medio ambiente donde vive y que siempre debíamos luchar para detener esas acciones negligentes e injustas. Pero por suerte, muchas veces la misma naturaleza con mucho esfuerzo nos ayuda a repararlas, me sentenció luego, mientras me servía un sabroso mate que había comenzado a preparar bajo los cálidos rayos del sol.
Ese sería mi último día en la casa de mi abuelo, donde cenamos casi sin hablar rodeados de la melancolía de la despedida, entre los rumores de las sillas sobre el piso de baldosas y de los cubiertos en los platos.  A la mañana siguiente el abuelo me llevó con el sulky por el camino de tierra hacia el pueblo para tomar el autobús de regreso a la Ciudad y al despedirme con un beso, me dijo que iría a reclamar al Intendente por aquellos hechos de depredación. En ese momento percibí y admiré su permanente lucha, pero también comprendí su inmensa tristeza dado que no había nada más amargo para él que el sentimiento de impotencia ante aquellos corruptos depredadores.
Volví a retomar las clases en la escuela de la Ciudad en la que vivía con mi familia y el destino quiso que aquellas fueran mis últimas vacaciones allí. Al año siguiente los árboles, el arroyo y el viento permanecieron sordos, cuando el reloj sombrío que medía indiferente las últimas horas de mi abuelo se había parado para siempre. Y fue rápidamente que luego en los trámites de sucesión mi familia vendió la propiedad a los dueños de la fábrica vecina.
Mucho después, en ese azaroso devenir del tiempo me recibí de ingeniero agrónomo y los avatares de la vida me llevaron a trabajar por el mundo. Fue recién después de transcurridos más de cuarenta años, que un día la nostalgia me decidió a retornar en un largo viaje en automóvil a aquellos pagos de la casa de mi abuelo. El pueblo en el que me despedí todavía permanecía en pie, pero en medio de la miseria. Desde allí me dirigí a la zona que vivía a través del camino de tierra que habíamos hecho con el sulky. Ahora estaba abandonado y en muy mal estado, dado que seguramente lo habrían utilizado luego para el acceso de camiones a la planta industrial. Con angustia veía mientras me acercaba, como todo aquel paisaje de otrora se había transformado en un vasto yermo.
Ahora después de tanto tiempo era una región invadida por el desierto, con muchos troncos secos de árboles talados y al ver ese triste espectáculo el silencio proyectaba sobre mi alma intensos rayos de sombría desolación. Ya al caer la tarde llegué al lugar donde se emplazaba la casa de mi abuelo y aunque lo estaba viendo con mis propios ojos, no podía creerlo. Allí ya no quedaba nada. Ya no existían los árboles, los pájaros ni los peces, porque donde antes había vida ahora era una zona desértica. Sólo quedaban los restos dispersos de la casa de mi abuelo junto al arroyo que ahora estaba seco y se veían a lo lejos algunas estructuras de lo que había sido aquella industria ya abandonada.
Me senté en un tronco seco de un árbol caído y me quedé allí meditando en un verdadero ataque de depresión. No lograba dominar mis ideas dado que todo se disolvía en medio de mi angustia, mientras el corazón me latía con fuerza. Surgía ante mí con toda su crudeza la visión de aquel frío entorno, al que mi alma quería hallar calor con un fuego que nunca podía alcanzar. Con añoranza recordaba cuando había estado allí en aquel tiempo de mi niñez, en un tiempo que ya no era tiempo, cuando al caer el sol acariciaba el follaje de los árboles impregnando toda la vida a su paso.
Atisbé en mi alrededor tratando de encontrar por lo menos algún recuerdo de aquel ayer que había quedado olvidado del pasado. De pronto mi mirada advirtió a unos metros un pequeño montículo en la arena en aquel arroyo seco que ejerció sobre mí una fascinación y cuando me levanté para ir a examinarlo me parecía que nunca llegaba por la ansiedad que tenía. Allí estaba enterrado aquel mate grande de calabaza con que mi abuelo me había servido hasta el último día que estuve de vacaciones en su casa.
Cuando lo tomé en mis manos percibí con nostalgia como el viento me traía unos murmullos que se fueron convirtiendo en mi conciencia en aquella tierna voz de mi abuelo. Me decía que nunca desespere porque cuando todo parece terminado surgen nuevas fuerzas en la naturaleza y esto significa que la vida de alguna forma resucita. Fue allí que recordé aquel día de la depredación de los peces, con aquella aparición del sol que reanimó a mi abuelo.
De pronto, como si ocurriera algo mágico en el cielo, observé que el viento arrastraba unas nubes oscuras y comencé a percibir a lo lejos los agudos y secretos escalofríos de una tormenta que relampagueaban ante mis ojos. Y lo que al principio me pareció demasiado distante y que no se desplazaba, poco a poco lo que había estado lejano estuvo cada vez más cerca, hasta que comencé a percibir sobre mi cuerpo las primeras gotas de agua de lluvia que milagrosamente habían comenzado caer tratando de impregnar nuevamente de vida a aquel seco paisaje.
Entonces alcé la mirada hacia a arriba como queriendo agradecer con mi rostro a esas gotas, que provenían de aquellas nubes oscuras que cubrían el cielo y que habían invadido todo con su sombra. Cuando traté de incorporarme para irme a guarecerme en el coche de la intensa lluvia, fue entre esas mismas sombras que mis esperanzas se encendieron al observar un pequeño hilo de agua que empezó a deslizarse nuevamente por el arroyo. Y con aquel mate entre mis manos, me parecía como si ese hilo de agua fueran las lágrimas de mi abuelo, que mojaban dulcemente mis pies.





Men
ción de honor Categoría Narrativa. 

Certamen de Literatura Rafael J. Hernández.
Pehuajó. Buenos Aires, Argentina. 
Octubre 2016.

sábado, 16 de julio de 2016

Recuerdo del telegrafista

 ¿Qué nuevos tiempos borraron esas señales codificadas por Morse, transitando distancias inconmensurables y borraron sus puntos y rayas dejando tantas manos huérfanas, sedientas de transmitir noticias importantes? 
Las manos del telegrafista han quedado sin pulsar para siempre, extendidas en una súplica infructuosa y su añoranza no podrá ser saciada con la implantación de los modernos medios de comunicación globalizados.
¿Quién les contará ahora a todos los niños del mundo que nacerán sin conocerlo, la  importancia que tuvo el noble y esforzado oficio de telegrafista y lo útil que fue en su momento el telégrafo y las vidas que han salvado? 
El espíritu del telégrafo se fue y sus mensajes ya no se escucharán más, es cierto, pero el alma del telegrafista, con su destino sin retorno, será ahora capaz de pulsar sus preciados mensajes con los puntos y rayas del lenguaje del recuerdo.












Primer finalista. Concurso literario de relatos.
Incluido en el libro Recuerdos.
Asociación Letras con Arte. España. Julio 2016.

miércoles, 22 de junio de 2016

La rosa encarnada

Muy enfermo, bastante bebido y con su tristeza a cuestas, se sentó en el atardecer en un banco de madera bajo un gran rosedal de su jardín que ella tanto adoraba. Entonces cortó un tallo con una bellísima rosa roja y se la llevó al pecho pensando que ella era su amada encarnada de rojo. De repente, aparecieron unas nubes oscuras en el cielo y como de la nada comenzó a llover y miró hacia a arriba insistentemente sosteniendo la rosa, como forma de  protegerse con ella y permaneció acostado bajo la lluvia sin poderse levantar, inmerso en los efectos del alcohol. 
Fue allí que recordó aquel día de verano que viajaba con ella por la ruta, cuando comenzó a llover torrencialmente y perdió el control del coche que salió a la banquina, dio dos vuelcos, hasta que lo frenó un árbol enorme. Cuando se despertó dentro del auto destrozado, se reincorporó como pudo y la buscó en medio de la incertidumbre, hasta que finalmente descubrió su blusa roja ensangrentada con su cuerpo sin vida tirado sobre el pasto. Y a partir de aquel momento la soledad y la tristeza inundaron por completo su alma.
Fue un vecino, quien después de unos días lo encontró muerto en el jardín. Estaba acostado sobre ese banco de madera bajo el rosedal y en sus manos aferraba la rosa roja que aún se mantenía radiante sobre su pecho. La tenía tan apretada, que las espinas del tallo se le habían incrustado en su carne y su sangre había producido el milagro de ser la savia para su amada rosa encarnada.

















Mención I Concurso de Cuento Breve Una Flor para Ti. 
Incluido en el libro: Lluvia de versos.
Blog Tu Concurso Literario. España. Junio 2016.

martes, 19 de enero de 2016

Botines de fútbol

De regreso del reformatorio después de cinco años y liberado del peso de aquel suceso, ya con mi mente en paz y despojado de aquellos pensamientos que me acosaban, trataba de la mejor manera posible de enfrentar el futuro. Para ello, estaba desandando nuevamente la atmósfera de ese período oscuro de mi niñez retronando nuevamente a mi viejo barrio de la ciudad donde transcurrió mi infancia.
― “¿Que había sido de todo aquello?” ―, pensaba después de tantos años, parado en la vereda de la casa de mi tía, mientras la escuchaba hablar y hablar, como si sus palabras fueran figuras entrelazadas de un inventario del pasado. Su casa estaba emplazada justo frente a la vieja casa alquilada del barrio donde yo había vivido con mis padres en mi niñez. Al caer la tarde, cuando el sol acariciaba el follaje de los árboles, esa imagen arrancaba de mi alma muchísimos recuerdos. En aquella casa hoy estaba viviendo gente extraña y todo había cambiado.
Mi tía, me dijo que de golpe surgieron como de la nada camiones y máquinas de la Municipalidad y en menos de una semana asfaltaron la calle. Habían construido una hermosa vereda de baldosas de cemento que abarcaba toda la cuadra. Ahora allí, unos niños jugaban, correteaban y gritaban con alegría, como cuando yo era pequeño. En esos momentos, recordaba de mi infancia algunos instantes de felicidad, que nunca el tiempo llegaría a borrar. Por aquella calle polvorienta, el camión regador siempre aparecía en verano por las tardes y todos los chicos lo corríamos alegremente por detrás, hasta el asfalto que rondaba la plaza principal. Y también algunos de tristeza, cuando ya se hacía la noche y mi madre me llamaba para la cena, siempre envuelta en la agresividad de mi padre, que exhalaba los vapores del vino barato que bebía.
Fue en esa calle de tierra donde a patadas mataba a los sapos que aparecían después de los días de lluvia, o corría espantando a los gatos del vecindario. Otras veces, me deleitaba viendo como se debatían los bichos canastos sobre los nidos de las hormigas coloradas, a los que previamente les había sacado su cobertura de protección. Luego llegaba la hora de las piedras contra los pobres pájaros, que no me costaba mucho obtenerlas, porque el suelo estaba lleno de ellas. Los gorriones eran mi debilidad y me entretenía lanzándoselas, para sacarlos de los nidos que hacían en los huecos de las viejas paredes de ladrillos. 
Mi tía era ya una mujer anciana pero estaba bastante fuerte aún. Se casó con un hombre de muy buena posición y enviudó muy joven y desde entonces, nunca nada la había turbado. Había pasado la vida siempre sola en esa casa, con el espíritu lleno de tristezas, como si fuera un paisaje de otoño. Mi padre, luego de la muerte de mi madre, se había dado a la bebida y murió de un repentino infarto poco tiempo después. Ante esos hechos, mi tía tuvo que cobijar en su hogar a mi pequeño hermano que era siete años menor que yo, y en cierta medida, eso le había cambiado aquella vida que llevaba. 
Al pasar por la casa de mi tía después de tanto tiempo, me saludó eufóricamente y me pidió que entrara, invitándome a cenar más tarde con ellos, pero yo me rehusé. Le dije que en realidad estaba de paso por el barrio y me quedaría sólo para saludar a mi hermano, que en esos momentos estaba en la escuela y que dentro de una hora regresaría a esa casa. En el pasado siempre ella me había ignorado, discriminando a mi madre y a la vez había sido cómplice silenciosa de mi padre y ahora pretendía agasajarme. 
 A mi padre el trabajo mucho no le apasionaba y era un permanente habitante del bar. Cuando estaba sobrio tenía la propiedad de ser enérgico y a la vez simpático, galante y comprador con la gente. La mala imagen para los demás siempre la daba mi pobre madre, con su enorme tristeza a cuestas. Ella murió junto con la niña en el mismo instante del parto, pocos días después que sucedió todo aquello. Mi padre siempre nos gritaba y nos golpeaba a mí y a mi hermanito con lo primero que tuviese a mano. En aquel tiempo, sin dinero no podía tener juguetes y por eso vivía en la calle buscando entretenerme.
Allí frente a nuestra casa se formaba el centro de reuniones de los pibes del barrio. Después vinieron las peleas con los chicos, cuando yo perdía en los juegos de las figuritas o las bolitas, donde para recuperarlas siempre les pegaba. En esos años las maestras habían tocado varias veces el timbre de mi casa para alertar sobre mi actitud agresiva en la escuela. Pero la simpatía de mi padre y a la vez su firmeza las dejaba desconcertadas y siempre se iban sin respuestas. Ahora pienso que mi padre gozaría al saber que tenía un hijo tan agresivo como él.
Mi madre siempre andaba con cara larga cuando mi padre volvía con demasiado olor a vino y ella le gritaba lo de siempre:
¡La plata no alcanza! 
¡La plata no alcanza, porque la derrochan! ―, le respondía mi padre gritando.
Yo y mi hermanito los mirábamos discutir aterrados y aquellos gritos perduraban en nuestros oídos por bastante tiempo. Luego, en completo silencio, nos sentábamos a cenar en la mesa familiar preparada por mi madre. Sólo se oían los rumores de las sillas sobre el piso de baldosas y los cubiertos en los platos conteniendo los fideos con tuco que era la comida más barata. Mi padre comía ansiosamente con su vaso de vino permanentemente lleno y mi madre sufría probando algunos pequeños bocados, mientras mi hermanito y yo terminábamos rápidamente el plato. Después limpiábamos el tuco con miga de pan, para aprovechar lo poco que quedaba.
Todo sucedió aquella vez, que yo quería unos botines de fútbol para mi cumpleaños de quince. Ansiaba un par de botines baratos, pero nuevos, para poder jugar en la canchita del club del barrio. Pero no pensaba en pedírselos a mis padres, aunque hacía más de un año que mis pies sólo usaban un viejo par de zapatillas.
―“¿Y las calles de la canchita de fútbol, también habrían sido asfaltada?” ―, me preguntaba ahora, mientras me seguía hablando mi tía en la puerta de su casa.
La canchita estaba en la otra cuadra y era un terreno grande con una pequeña tribuna lateral de madera y seguro que estaría corriendo el mismo auge de modernidad, pero todavía no había tenido tiempo para ir a verla.
Mi tía me tomó la mano y no paraba de hablar. Me dijo que el domingo le había llevado flores a mi padre en el cementerio de la ciudad y que estaba un poco descuidada la tumba. Repentinamente, me preguntó si lo había ido a visitar y le mentí que sí. En realidad yo no pensaba ir a verlo por nada del mundo, mientras lo recordaba entrando bebido y enojado a nuestra casa por aquella puerta de la vereda de enfrente, que ahora con otros dueños se la veía reluciente. Para sacármela de encima le dije que iría a alcanzar a mi hermano a la salida de la escuela y así me fui, transitando por esas calles de mi niñez, sobre aquellas veredas totalmente remozadas que olían a asfalto.
En un tiempo mi padre había acentuado su agresividad en contra de todo lo que tuviera a su alrededor y aquella vez que había empujado y tirado al suelo a mi madre, le dije a ella que nos fuéramos de casa.
― ¿Y adónde nos vamos a ir? ―, me respondió llorando, con el miedo que nos pasara algo a nosotros que era lo único que tenía en su vida.
Realmente podríamos haber ido a cualquier parte, porque en esa vida signada por la violencia cualquier lado sería mejor. Hubiera sido preferible irse, a quedarse en ese barrio con todos los parientes de mi padre que encima la despreciaban y humillaban. Pero también la habían desahuciado en su propia familia y por eso ella estaba sola en el mundo con nosotros. Era hija de judíos y mi abuelo la había desterrado de su hogar para siempre, porque con su fanatismo religioso nunca quiso aceptar que haya quedado embarazada de un hombre como mi padre, de vida disipada y ajena por completo a sus férreas tradiciones.
Al salir del reformatorio fue a mi madre a quien primero visité en el cementerio judío del pueblo donde ella vivía de chica con su familia. Allí, por primera vez vi a mi abuela y cuando conocí su historia no pude contener las lágrimas. La anciana tenía rasgos similares a mi madre, con su misma cara sufrida. Había recibido durante toda su vida el trato agresivo e intemperante de mi abuelo. Recién al fallecer éste, pudo rescatar los restos de mi madre y mi hermanita de nuestra ciudad para traerlos a ese cementerio. Fue ella la que me ayudó ofreciéndome vivir en su casa en ese pueblo y me alojó en la misma habitación de mi madre cuando ella era pequeña. 
Aquel día del fin de mis catorce años fui por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, pensando cómo hacer para conseguir los botines de fútbol que mis padres no me podrían regalar. Yo estaba dispuesto a realizar cualquier trabajo, pero en esos días nadie me necesitaba y por eso, en ese momento la aparición de esa viejita fue un hecho providencial. Estaba muy bien vestida en esa calle vacía y oscura a las ocho de la noche. Me acerqué sigilosamente y le di un violento empellón, como aquel que mi padre le había dado a mi madre. Tenía grandes gafas, un bastón y una gran cartera del que extraje el dinero y ni por asomo pensé en ese entonces, que esa caída le provocaría la muerte. 
Esa noche dormí contento, porque al día siguiente estrenaría mis botines. Para hacer la compra salí un poco antes de la escuela del pueblo y pasé a buscar a mi hermanito. Lo llevé a un local de comidas del centro de la ciudad, donde nos sirvieron unos sabrosos platos de carne como hacía mucho tiempo no habíamos probado. Pedí helados con unas deliciosas porciones de tortas y me sentía feliz viendo su alegría. Con el resto del dinero compré un suéter bastante amplio para mi madre y para mi padre una botella de buen vino, aunque más no sea para que no oliera a vino barato.
Cuando llegué a casa, mi madre con la prenda en sus manos miraba mis botines aterrorizada.
¡Qué angustia tengo!, me dijo, mientras me abrazaba fuerte y me acariciaba y yo sentía toda la presión de su panza de ocho meses sobre mi cuerpo. No se me había ocurrido que pasaría eso, ni su angustia, ni ese abrazo y esas caricias. 
“¡Como me gustaban las caricias de sus manos!”. Mi madre sólo las usaba para trabajar, como si coser ropa ajena fuera la única razón para tener manos. No le di explicaciones de donde había sacado el dinero, mientras ella seguía mirándome triste y pensativa. 
La ayudé a preparar la mesa para comer y cuando llegó mi padre del bar con un poco de olor a vino, mi madre le susurró algo al oído. Él me miró enfurecido y gritó. Pero cuando me fue a levantar la mano, mi madre lo atajó como pudo con su panza y yo asustado me abracé a mi hermanito que lloraba. Mientras lo contenía, mi madre le decía que todo se iba a arreglar y al mostrarle la botella de vino fino que le había regalado, se calmó rápidamente y me pidió que me acercara. Entonces, me miró largamente y me abrazó sin hablarme.
En realidad tengo la sensación que nunca hablé con mi padre, porque si intentara recordar algún diálogo, me resulta imposible, sólo podría vislumbrar algunas frases sueltas, siempre envueltas entre sus gritos. Cenamos fideos con tuco como siempre, pero la mesa de mi cumpleaños estaba alegre y esa noche no había silencio. Mi hermanito no paraba de contar como fue aquel almuerzo, especialmente los postres, mientras mis padres sonreían.
Cuando los agentes de policía aparecieron en la puerta de calle, mi madre comenzó a llorar y mi padre se puso delante y les pidió que no me llevaran.
Es muy bueno, es un pibe que ayuda mucho en la casa , les explicó con convicción, pero sin ningún éxito. Yo no quería llorar, mientras mi madre le imploraba a los policías y mi hermanito me abrazaba. Cuando salí de la casa, todavía a lo lejos sentía los llantos de mi madre. Mi padre fue conmigo a la comisaría del barrio y luego le dijeron que me dejara solo por un momento porque me tenía que interrogar una asistente social. Al retirarse me abrazó en silencio y pensé que habían sido demasiados abrazos para un solo día. 
Y después, entró aquella señora de la ciudad, maquillada y muy bien vestida que me habló de la ley de menores, la violencia familiar y las malas influencias. Me preguntó si yo o mis padres consumíamos drogas. Hablaba mucho de mi familia, mientras yo me entretenía mirando mis botines nuevos.
¡Dejé a mi familia en paz!, le grité con una furia repentina y entonces, asustada, la mujer se quedó como paralizada y se calló. Yo seguí mudo pensando que ella, en esa distinguida existencia, nunca comprendería que es lo que siente un chico de un barrio pobre, cuando no tiene dinero y desea tener un par de botines de fútbol para su cumpleaños de quince. En aquel momento, yo no tenía conciencia que había realizado algo malo y cometido un delito. Sumido en ese clima de permanente violencia, pensaba que lo que había hecho no era nada. Simplemente había empujado a una viejita en una calle de la ciudad, en medio de la oscuridad de la noche. 
Luego que me internaron en un Instituto de rehabilitación prácticamente ya no ví más a mis padres. En los primeros días me enteré de la muerte de mi madre con mi hermanita en el mismo parto y poco después la de mi padre por un infarto.  Recién con el tiempo, fui comprendiendo que independientemente de la pobreza, el crecimiento en una atmósfera de violencia familiar, envuelta en el miedo, la tensión y la falta de amor, había influido negativamente en mi vida.
Y en ese atardecer en el camino hacia la escuela del barrio donde transcurrió  mi infancia para buscar a mi hermano, inmerso en los agudos secretos de esas calles, percibía una cálida brisa en mi rostro. De pronto, al observar a lo lejos la figura del cuerpo de un muchacho que se acercaba hacia mí en silencio, sentí la misma sensación de felicidad de las caricias de mi madre, como cuando yo era pequeño. 
Al principio me parecía tan lejano que no se desplazaba, pero en seguida, lo que había estado tan lejos estuvo más cerca. Y en ese retroceder del tiempo y la distancia, mis ojos se alegraron de lo que estaban contemplando, mientras el brillo de su rostro acrecentaba aquella figura que se acercaba. E inmediatamente al reconocer su imagen, me pareció en ese reencuentro como si el tiempo hubiera estado quieto y no pasara, como si todos esos atardeceres en ese barrio a pesar de ser distintos siguieran siendo los mismos, como si todavía fuéramos niños y aún nuestra madre estuviera viviendo en aquella casa junto a nosotros.

 
 
 
Ganador de Concurso Literario de Cuentos Revista Kya!.
México. Enero 2016.