martes, 28 de abril de 2026

ALGUNAS OBRAS PUBLICADAS, CON MENCIONES O DISTINCIONES EN CONCURSOS LITERARIOS

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El tercer caño

Muchas veces, un simple hecho o una anécdota trivial de la vida laboral puede originar risas espontáneas que iluminan la jornada. Pero en el misterioso y a veces caprichoso devenir del tiempo, su recuerdo y la nostalgia acumulada pueden transformar aquellas carcajadas en lágrimas contenidas. La memoria tiene esa extraña capacidad de cambiar el signo de las emociones; lo que antes era gracia, con los años se vuelve un tesoro de humanidad que nos aprieta el pecho.

Todo comenzó una mañana gris de Buenos Aires, de esas donde la humedad parece pegarse a las paredes de hormigón. Me dirigí a la obra en construcción de una central telefónica de Entel, aquel gigante estatal que hoy solo habita en los archivos de la nostalgia. Estábamos en plena etapa de instalación del sistema de calefacción central. El aire olía a esa mezcla inconfundible de cemento fresco, metal cortado y el polvo suspendido.

Al llegar, me detuve a observar la escena: el sobrestante de la obra estaba enfrascado en una conversación intensa con el encargado del montaje de la Empresa Contratista. Aquel muchacho, el sobrestante, era una pieza curiosa en ese rompecabezas de cascos y planos. Estaba cursando los últimos tramos de la carrera de abogacía, un mundo de códigos y leyes que nada tenía que ver con el hormigón armado. Sin embargo, estaba allí reemplazando a un técnico veterano que se encontraba con parte de enfermo. Era un joven despierto, de ojos vivaces y modales educados, pero inexperto en los menesteres de la ingeniería civil.

El nudo del problema era técnico. Era necesario desplazar horizontalmente unos diez metros el llamado "tercer caño". En las instalaciones de vapor, este caño adicional cumple una función vital: es el destinado a ubicar en la sala de máquinas el sifón necesario bajo un montante muy alejado, para el retorno del agua condensada a la caldera, valiéndose de su pendiente natural.

Como director de obra de esas instalaciones, mi deber era intervenir para evitar errores. Me acerqué con la intención de tomar el mando, pero algo en la actitud del joven me detuvo. El muchacho le estaba indicando al encargado del montaje —un hombre curtido por décadas de instalaciones, de manos callosas y pocas palabras— los lugares óptimos por donde pasarlo. Lo hacía con una seguridad pasmosa, señalando las vigas y los huecos entre el hierro con una autoridad que me dejó mudo.

—Mire esa viga —decía el joven, apuntando con un dedo firme hacia lo alto de la estructura—. Por este lugar el caño puede pasar sin problemas. Aquí es posible desplazarlo, porque se forma un hueco natural. Incluso se lo puede atravesar por entre esas columna, respetando la caída necesaria.

Me quedé al lado de una columna, en silencio, observando aquella "clase magistral". Estaba genuinamente sorprendido por la resolución de aquel estudiante. Sin tener el título de ingeniero ni los años de oficio, estaba aplicando una lógica espacial y un sentido común envidiables. El encargado del montaje lo escuchaba obnubilado, asintiendo ante cada indicación, convencido de que estaba ante un experto. Una vez terminada la reunión, el contratista aceptó la solución propuesta sin cuestionar un solo punto. Se convino que esa misma tarde se prepararía un esquema detallado para que yo, como director, le diera el visto bueno final.

Sin embargo, la verdadera magia ocurrió cuando nos retiramos al local destinado a la oficina de la sobrestancia, un recinto austero lleno de planos amarillentos y olor de café recalentado. En cuanto cruzamos el umbral y nos sentamos en los respectivos escritorios, observé con asombro cómo iba cambiando el semblante del muchacho. La máscara de seguridad y confianza se fue diluyendo paulatinamente, transformándose en una expresión de pura incertidumbre y perplejidad. Me miró a los ojos y me soltó aquella pregunta repentina:

—Ingeniero... el contratista me dijo que era el tercer caño. Pero yo siempre estudié que solo hay dos caños: uno de ida y otro de vuelta. Por favor, no entiendo nada... ¿Me puede explicar para qué sirve ese tercer caño?

Después de la escena de autoridad que yo había presenciado, esa pregunta de incredulidad me resultó maravillosa. Solté una carcajada que debió retumbar en todo el edificio. La realidad era que el muchacho no tenía la más mínima idea de la función del tubo, pero había resuelto el problema de la trayectoria y su pendiente con pura inteligencia y sentido común, convenciendo incluso a los veteranos de que era un entendido en la materia. Aquella tarde nos reímos mientras yo le explicaba, ahora sí, los misterios del retorno del condensado.

Pasaron casi treinta años. La vida, con sus vueltas cíclicas, nos llevó a ambos por caminos muy distintos. Llegó el  año 2001, la época nefasta del “corralito” en Argentina. Buenos Aires era un hervidero de desesperación; mis ahorros de toda la vida estaban confiscados en un banco y la incertidumbre golpeaba cada puerta. Buscando una salida legal a mi situación, terminé en la sala de espera de un estudio de abogacía muy renombrado. Al entrar, vi en una placa que uno de los asociados principales tenía el mismo nombre de aquel muchacho de la obra de Entel.

Al presentir que era él, le pedí a la secretaria que quería que atendiera mi caso personalmente. Cuando ella me hizo pasar, lo reconocí de inmediato. Su rostro era ahora el de un hombre maduro, de porte elegante y traje impecable. Tenía algunas canas, pero mantenía los rasgos vivos de su juventud. Me miró intrigado, percibiendo algo familiar en mí, pero el tiempo había erosionado mis facciones y no lograba ubicarme. En ese momento, aquella querida Entel ya no existía; había sido privatizada y entregada a empresas multinacionales.

Con el alma cargada de angustia por el presente, y la emoción de volver a verlo después de tres décadas, las lágrimas humedecieron mis ojos sin que pudiera evitarlo. No pude articular un saludo formal. Solo pude balbucear, con la voz quebrada por la nostalgia:

—¿Te acordás del tercer caño de aquella obra de Entel?

Al instante me reconoció. Vi su cara de asombro y cómo su postura rígida de abogado prestigioso se desmoronaba para dar paso al joven que alguna vez fue. Y al vislumbrar que sus ojos brillaban, me di cuenta que ahora también en él, las lágrimas se asomaban a sus ojos. En ese silencio compartido, nos dimos cuenta de que estábamos unidos por algo más que un problema de ingeniería: estábamos unidos por el recuerdo de un tiempo en el que éramos más jóvenes, más audaces y en el que un simple caño podía ser el centro de nuestro universo.




Relato de mis recuerdos de Entel.

Publicado año 2006.


Control del polvo

A fines del siglo pasado, el mundo de las telecomunicaciones vibraba. Entel, La empresa telefónica para la cual yo trabajaba se encontraba en el epicentro de una metamorfosis histórica: el desmantelamiento de los viejos equipos de tecnología electromecánica para dar paso a la era de la electrónica digital. No era un simple cambio de máquinas; era el nacimiento de la globalización tal como la conocemos hoy. En ese contexto de cables y relés ruidosos, se me encomendó una misión crítica: verificar si las viejas instalaciones de aire acondicionado podrían soportar el rigor del futuro que estaba por instalarse.

Tras un exhaustivo estudio técnico, los resultados fueron claros y preocupantes. La nueva tecnología digital era distinta: disipaba una cantidad de calor significativamente mayor en espacios reducidos. Pero el calor no era el único enemigo; la precisión digital exigía un control de humedad estricto y una pureza ambiental absoluta. El polvo se convertía aquí en un agente capaz de arruinar circuitos microscópicos. Se requería un grado de filtrado de alta eficiencia que el sistema original ni siquiera podía soñar.

Diseñé un plan de modernización ambicioso: mantuve la cabina de tratamiento de aire original, pero instalé ventiladores de mayor potencia, serpentinas de enfriamiento de mayor superficie y filtros HEPA de alta eficiencia. En cuanto a los conductos que serpenteaban por el local, decidí que sus dimensiones eran adecuadas, aunque sabía que el aire viajaría a través de ellos a una velocidad mucho mayor.

La instalación de los nuevos equipos telefónicos fue contratada a una firma japonesa que trajo especialistas con una disciplina que rayaba en lo ritual. Para ellos, el local era un templo. Cubrieron el suelo con alfombras y establecieron una norma innegociable: descalzarse antes de entrar. Sin embargo, en la etapa de pruebas, el desastre comenzó a gestarse de forma invisible. Al entrar al local —descalzo, como dictaba el protocolo—, noté que la distribución del aire era escasa. El caudal se sentía idéntico al del sistema viejo. Era evidente que algo fallaba en el nuevo ventilador instalado en la cabina exterior.

Me calcé y me dirigí a la cabina de acondicionamiento y, al observar el rotor, el diagnóstico fue inmediato: giraba en sentido inverso. En una red trifásica, este es un error clásico de conexión de fases. Busqué presurosamente a un operario de mantenimiento y, tras una simple permutación de los cables de suministro, pusimos el motor en marcha nuevamente. El rugido cambió de tono; el rotor, ahora girando correctamente, empezó a mover un volumen de aire masivo. Sentí una satisfacción profesional inmensa. Había solucionado el problema en minutos.

Pero la alegría duró apenas unos segundos. De pronto, un ruido de golpes violentos contra la puerta de la cabina nos sobresaltó. Por la mirilla, vimos una escena surrealista: numerosos ojos oblicuos, cargados de furia, hacían gestos desesperados mientras percibíamos gritos incomprensibles en japonés.

Al salir y entrar al local de equipos, el horror me paralizó. El salón, antes impoluto, estaba envuelto en una densa y asfixiante nube gris. Los gritos y amenazas en japonés subían de tono mientras los técnicos corrían de un lado a otro. Lo que había ocurrido era tan lógico como catastrófico: durante décadas, los conductos habían acumulado sedimentos de polvo. Al corregir el sentido del ventilador y aumentar el caudal abruptamente, ese "archivo histórico" de suciedad fue arrancado de las paredes metálicas y soplado con la fuerza de un huracán directamente sobre los equipos digitales nuevos.

Esquivando a los operarios enardecidos que parecían querer lincharme allí mismo, logré llegar a la llave del ventilador y apagarlo. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el suave asentamiento de las partículas en el aire. Tardamos horas en disipar la nube. Fue una batalla de aspiradoras, plumeros y trapos húmedos, una limpieza frenética para salvar la tecnología que tanto habíamos intentado proteger.

Por suerte, el incidente no pasó a mayores. Tras una limpieza profunda de los conductos, el sistema funcionó a la perfección. Aquel día, sin proponérmelo, demostré algo que los manuales no decían: los nuevos equipos electrónicos eran mucho más resistentes de lo que las estrictas especificaciones japonesas sugerían. Habían sobrevivido a su bautismo de fuego... o mejor dicho, a su bautismo de polvo.




Relato de mis recuerdos de Entel.

Publicado Año 2006. 

lunes, 27 de abril de 2026

¿Aún sopla el pasado?

¿Qué queda de la lucha y el sudor de quienes trabajaron antes que nosotros? Un relato sobre el progreso, la nostalgia técnica y un pequeño truco para hacer visible lo invisible en un mundo que ya no tiene tiempo para los recuerdos.


Aunque estábamos en septiembre, ese día había hecho mucho calor en la Central de Telefónica en Ramos Mejía. El inmenso local se erigía sobre mi vista con sus ventanas cerradas, como una morada que albergaba al pasado.

Allí en ese local vacío, yacía acurrucado en un ángulo y rodeado de tabiques herméticos de madera y vidrio, un equipo telefónico digital que era el motivo de mi visita al lugar. Las rejillas de los conductos del aire acondicionado que otrora abastecían al gran local se habían tapado y estaban ahora, solo destinadas a alimentar ese pequeño receptáculo, que albergaba ese equipamiento telefónico informático.

—Ingeniero, es necesario renovar el equipamiento de aire acondicionado porque es muy viejo y parece que no funciona —me dijo el encargado—. Cuando la temperatura es elevada, el equipo telefónico corta automáticamente la operación y nos quedamos sin servicio de larga distancia. Es necesario hacer un nuevo proyecto urgente para reemplazar el sistema existente de aire acondicionado, porque la situación es grave.

—Está bien, voy a realizar un relevamiento para ver cómo lo realizamos —le dije.

Me senté a analizar el tema y de pronto el tiempo me remonta a veinte años atrás. La vida es como si se recorriera un álbum de fotos, aparecen como un completo inventario del pasado que se acumulan como una antología de imágenes atenazadas…

—Por favor, vaya urgente a ver el segundo piso del local de conmutación de Ramos Mejía porque las operadoras están haciendo una protesta reclamando el aire acondicionado.

El enorme local estaba cubierto por equipos conmutadores manuales para atender las llamadas de larga distancia. Era el nudo donde salían las comunicaciones desde Buenos Aires al mundo. A lo largo y frente a los equipos estaban sentadas las operadoras que mediante clavijas efectuaban las conexiones respectivas de acuerdo a los pedidos. Se habían instalado unos cuantos acondicionadores domésticos en las paredes que no daban abasto con las necesidades de calor del local y el ambiente en verano era realmente muy caluroso.

Me encontraba abstraído analizando el proyecto cuando a las 10 y 55, de repente y al unísono, como respondiendo a un llamado del cielo, todas las operadoras se pusieron de pie levantando las clavijas con las manos como símbolo de la rebeldía, cortando todas las comunicaciones de larga distancia. Cinco minutos después volvieron a trabajar normalmente.

—Están haciendo un movimiento de protesta por el aire acondicionado. Cada 5 minutos antes de cada hora ocurre lo mismo —me indicó la supervisora.

Evidentemente el reclamo tuvo éxito, porque surgió de no sé dónde la partida presupuestaria para hacer una instalación nueva. Realicé el proyecto optando por el montaje de dos equipos de aire acondicionado en la azotea y haciendo un agujero en el techo, con una red de conductos y rejillas para efectuar la distribución del aire frío en el enorme local.

La instalación fue una obra de arte. Se percibía una frescura uniforme en todo el recinto; el aire acondicionado no originaba ruido alguno y la distribución del aire era perfecta. Efectuada la recepción de los trabajos con el contratista pensé olvidarme de este tema para siempre.

Sin embargo, a los quince días de recibida la instalación, me llamó nuevamente el gerente:

—La instalación de Ramos Mejía no funciona. El personal está quejoso y es posible que realicen otra manifestación de protesta. Por favor vaya ya a ver qué pasa.

Allí fui nuevamente en una tarde de verano soleada con un calor terrible y lo primero que hice es ir a ver los equipos en la azotea para detectar por qué no andaban; con sorpresa constaté que los mismos funcionaban normalmente, de modo que bajé presuroso al local a ver qué es lo que ocurría. Cuando entré el ambiente era un oasis y una agradable sensación de frescor me rodeaba.

—Parece que arreglaron el equipo —le dije sonriente a la supervisora.

—No crea, Ingeniero, ¡el aire acondicionado no enfría bien!

—Pero… ¿usted sabe el calor que hace afuera?

Luego recapitulando en el local, detecté que el tema es que cuando la gente trabajaba mucho tiempo dentro de un local totalmente cerrado, se va olvidando del clima exterior. Y tenía razón… después de un tiempo de permanecer dentro del recinto, con tanta cantidad de personas fui sintiendo que la temperatura no era del todo agradable.

La solución fue sencilla: se abrió más la persiana de toma de aire exterior de ventilación para que entre más aire puro, se reguló el termostato para bajar la temperatura dos grados más y por último como aporte psicológico se colocaron unos flecos de papel en las rejillas de difusión del aire, para que las operadoras percibieran que salía aire y que el equipo funcionaba, porque el sistema no hacía ningún ruido…

—¿Ve cómo sale el aire? —le dije a la supervisora, mostrándole cómo se movían los flecos.

Después de casi una vida, me encontraba nuevamente allí. La sala estaba vacía; ya había dejado de ser Entel Argentina, ahora era la Telefónica Española para la cual yo estaba colaborando en Telecom, y todo aquello había sido reemplazado por ese pequeño equipo digital. Ya no había operadoras, ni equipos manuales, ni supervisora, ni nada.

No pude evitar por un instante de estremecerme como si fuera una visión de pesadilla. ¿Qué ha sido de esa gente? Sus vivencias, su lucha, sus justos reclamos, sus alegrías, sus sinsabores, todo había pasado borrado por el devenir del tiempo con el progreso... Me quedé unos minutos en silencio, dejando que el eco de mi propia respiración rebotara en las paredes desnudas. El silencio de la central era ahora digital, un zumbido eléctrico casi imperceptible que reemplazaba el murmullo de cientos de voces y el rítmico chasquido de las clavijas entrando en los jacks. Aquel espacio, que antes vibraba con la urgencia de conectar vidas ajenas, se sentía ahora como un mausoleo de alta tecnología. Las marcas en el piso, donde alguna vez estuvieron las filas de puestos de trabajo, eran las únicas cicatrices visibles de una batalla ganada por el tiempo. Me sentí un intruso en mi propia memoria, un arqueólogo de sistemas que ya nadie recordaba.

Allí solo estaba el pequeño equipo telefónico que hoy se quejaba, como ayer lo habían hecho las sacrificadas operadoras. En el techo todavía permanecían estoicos los dos equipos de aire acondicionado con su carcaza oxidada ya, pero aún funcionando. Les cerré la persiana de toma de aire exterior. Total: ¡para qué querría aire nuevo un equipo digital! Y como antes, bajé la temperatura de control del termostato unos dos grados más y la cosa ya cambió en el pequeño recinto armado con tabiques de madera y vidrio y por último, en un impulso repentino, con una hoja de diario confeccioné unos flecos y los puse en las rejillas de salida del aire frío.

Mis dedos, ahora menos ágiles que en aquel entonces, rasgaron el papel con una precisión nostálgica. Mientras cortaba las tiras, recordé el rostro de la supervisora, su expresión de escepticismo transformándose en alivio al ver el movimiento del papel. El encargado me observaba con una mezcla de curiosidad y desconcierto, ajeno a que ese simple gesto era un rito, un puente lanzado hacia el pasado. No eran solo flecos de diario; era la recuperación de una mística, una forma de decirle al viejo edificio que todavía entendíamos sus trucos. El aire frío comenzó a agitar el papel con un ritmo frenético, como si las almas de aquellas operadoras estuvieran soplando desde el otro lado del tiempo para confirmar que, a pesar de los años y el óxido, la vida —o su rastro— persistía.

—Vamos a proyectar un sistema nuevo, por supuesto. Pero no subestime a estos viejos —le dije al encargado mientras los flecos empezaban a bailar—. Ellos todavía saben cómo hacerse notar. ¿Ve cómo sale el aire?





Relato publicado como ¿Ve como sale el aire? Revista Clima. Buenos Aires. Argentina. Año 2006.


 

martes, 21 de abril de 2026

Recuerdos de juventud

Bruscamente la tarde se ha aclarado

y ya pasó la lluvia minuciosa,

pero en mi memoria no fue otra cosa

que una lluvia que ocurrió en el pasado.


Durante la lluvia fui recordando

mi juventud en una calle hermosa,

en la que encontré en el agua una rosa

que regalé a mi novia enamorado.


Las gotas que empañaron los cristales

se han ido de mi ventana mojada,

junto con ese cielo gris cubierto.


Pero en aquellos recuerdos finales

oí de mi madre su voz amada,

como si aún ella no hubiera muerto.












Finalista XI Concurso de Sonetos. Recordando aprendí.

Incluido en el libro: Contando recuerdos.

Creatividad Literaria. España. Abril 2026.


Besos encrespados

Recuerdo que cuando la luna

alumbraron tus bellos labios,

se encandiló mi corazón.

Recuerdo que cuando mis labios

se posaron sobre tus labios,

eran como olas encrespadas.

Recuerdo esos ardientes besos,

cuando el amor nos cobijaba

entre las sábanas revueltas.












Finalista XI Concurso de Micropoesía. Recordando aprendí.

Incluido en el libro: Contando recuerdos.

Creatividad Literaria. España. Abril 2026.

Rescatando recuerdos

En el living de mi casa, envuelto en soledad y con una copa de vino, busco rescatar recuerdos entre cenizas. Al paladear su sabor, surgen instantes de felicidad. Pero cuando en el horizonte de mi alma se confunden ella y la copa vacía, siento espinas y una ráfaga fría. Lleno otra copa para resucitar la nostalgia. Mientras el vino fluye y el cristal refleja un mágico encanto, el dolor vuelve al corazón al ver, en el trasluz de la copa, la imagen de mi amada ausente.












Finalista XI Concurso de Micronarrativa. Recordando aprendí.

Incluido en el libro: Contando recuerdos.

Creatividad Literaria. España. Abril 2026.

Hacia mi destino


Para llegar al destino
de un extenso caminar,
obstáculos muy diversos
yo tengo que sortear.

Busco en los itinerarios
que las sendas sean bellas,
y en las noches se iluminen
con la luna y las estrellas.

Pero en esas largas sendas,
surcando el viento me alejo,
dejando un rastro en la tierra
que ya no tiene su reflejo.

Por eso, para alcanzar
el destino de mi andar,
la mirada hacia el futuro
siempre me ha de acompañar.












Finalista XI Concurso de Poesías. Surcando el viento.

Incluido en el libro: Libre.

Creatividad Literaria. España. Abril 2026.

Los dos delfines

Navegábamos surcando el viento con la vela mayor. Alrededor no había más que agua, nubes y un delfín que dibujaba su lomo cada vez que se acercaba a curiosear. Nos seguía de cerca: asomaba la nariz por la popa y se zambullía hacia babor en un juego de figuras incesantes.

Él se inclinaba sobre la borda para hablarle; parecía entenderse con el animal. Bajaba la cabeza hasta que la distancia entre ambos era mínima. Sin embargo, no era de mí de quien hablaba. Me alarmó escuchar el nombre de otra mujer, aunque debo confesar que, antes de zarpar, ya sabía que mis días estaban contados; para él, yo solo era una aventura fugaz.

Escuché cómo le contaba al delfín que, al llegar al muelle, lo esperaba un encuentro amoroso. El animal empezó a alejarse despacio y él, ansioso, se inclinó aún más. Colgado de la baranda, intentaba asirlo, pero el delfín le rehuía, jugando a dejarse ver sin dejarse atrapar.

En ese instante decidí que él era mío y que esa otra nunca lo tendría. Lo empujé. El delfín huyó espantado ante el estruendo del cuerpo golpeando el agua. Tras unos minutos, la espuma del chapuzón se desvaneció. Ni el rastro de un lomo ni su figura volvieron a quebrar la superficie.

Tomé el timón con la certeza de que nada sería igual. Ahora, dicen que en las noches de luna llena se ve a dos delfines navegando juntos en el lugar.













Finalista XI Concurso de Cuentos breves. Surcando el viento.

Incluido en el libro: Libre.

Creatividad Literaria. España. Abril 2026.

Una llama de amor

Tu pluma no se detiene

y en el mar fue viento y ola,

ya nunca te encuentras sola

pues tu voz nos pertenece.

Tu verso al mundo estremece

con una fuerza vital,

y tu legado de sal

en la orilla se derrama.

Alfonsina eres la llama

de un poema universal.












Finalista XII Concurso de Décimas Homenaje a las mujeres.

Incluido en el libro: Esa mujer.

Mundo Escritura. España. Abril 2026. 

Mensaje de amor

La paloma mensajera volando

ya sobrevuela el cielo del paraje,

el poeta se la llevó en su viaje

y con su ofrenda de amor va arribando.


El ave suavemente va bajando

llevando en su pata como bagaje

un papel que contiene su mensaje,

y llega a su destino aleteando.


La mujer la recibe con dulzura

y al leer su declaración de amor,

el poema acaricia con ternura.


Mientras él, con algo de resquemor

pensando haber hecho una travesura,

retorna de su viaje con temor.














Finalista XII Concurso de Sonetos. Homenaje a las mujeres.

Incluido en el libro: Esa mujer.

Mundo Escritura. España. Abril 2026.


Abuela y nietos

LA VISITA

Pequeños nietos

ya no tienen tristeza;

viene la abuela.


EL REGALO

Llega la abuela

con regalos a cuestas;

nietos la asaltan.


LA FOTO

Ríe la abuela

atrás están los nietos;

saca una selfi.












Finalista XII Concurso de Haikus. Homenaje a las mujeres.

Incluido en el libro: Esa mujer.

Mundo Escritura. España. Abril 2026.

Las espinas del silencio

Cuando tu larga ausencia se acurruca en mi pecho

con mis brazos y manos la aprieto con despecho,

hasta que me desangran unas tristes espinas

que sensibles y ansiosas se tornan muy dañinas.

Busco por los rincones el eco de tu risa,

mas solamente me llega una gélida brisa.

Dibujo con mis dedos tu perfil en el aire,

y un vacío me responde con un gris desaire.

Cuando el reloj se detiene en la hora del olvido,

sufro en silencio por todo lo que hemos vivido.












Finalista XII Concurso de Minipoemas. Homenaje a las mujeres.

Incluido en el libro: Esa mujer.

Mundo Escritura. España. Abril 2026.



Muñeca encantada

Feliz hermosa muñeca encantada,

que mientras ansías ser una niña,

ríes con el son mágico y sublime

de inmaculadas y etéreas hadas!


Tus ojos de vidrio miran la luna,

buscando un latido en el corazón,

ignoras que el mundo es solo una cuna

donde el tiempo borra toda ilusión.


¡Oh, dulce secreto de porcelana,

que espera el milagro de una mañana!












Finalista XII Concurso de Micropoemas. La mujer mueve al mundo.

Incluido en el libro: Luna de marzo.

El Muro del Escritor. España. Abril 2026.


Vino a verme

 —Sabía que vendrías —le dije emocionado. Lucía tan hermosa que olvidé el accidente. Ella intentó responder, pero la voz del mozo me despertó del hechizo:

—Disculpe, señor, ya es la madrugada y tenemos que cerrar.

Pagué la cuenta aún aturdido. Al retirarme, el mozo señaló la mesa:

—Se olvida esto, caballero.

Sobre la madera relucía el anillo que ella llevaba; el mismo que me entregaron en el hospital, todavía manchado de asfalto y ausencia.












Finalista XII Concurso de Microrrelatos. La mujer mueve al mundo.

Incluido en el libro: Luna de marzo.

El Mundo del Escritor. España. Abril 2026.