Era un día de frío polar y lluvia torrencial. Un hombre rubio, como la mayoría en ese país, la esperaba en la recepción. Al entrar a la sala vio a su hija: su tez y su pelo oscuro se destacaban como una sombra familiar en medio de tanta blancura.
La niña no sabía que ella era su madre. Se le acercó y con sus pequeños dedos tocó su vestido, mientras le hacía una pregunta en un idioma que ella no conocía. “¡Qué bonita es!”, pensó, pero no supo qué contestarle; sus palabras le habían sonado extrañas en ese mundo en que su hija ahora vivía. La niña ignoró su silencio y volvió a jugar con su muñeca, ajena al abismo que las separaba.
Con un nudo en la garganta entró al despacho. Mientras firmaba ante la jueza, hizo un esfuerzo sobrehumano para no quebrarse. Pensó que ella habría sido una buena madre de no haber nacido en una tierra devorada por miseria y las guerras fratricidas.
Ellos tenían el dinero y la paz que no podría darle. Los vio abrazarse y, al observar cómo la mujer le acomodaba el abrigo a la niña con tanta ternura, supo que con ellos sería feliz. Se retiró de inmediato. Buscó a su hija con la mirada por última vez; la niña la miró al pasar, sin dejar de jugar, y ella estaba tan angustiada que ni siquiera pudo regalarle una sonrisa.
Al salir a buscar el taxi hacia el aeropuerto, sus lágrimas se mezclaron con las heladas gotas de lluvia, que parecía que se les clavaban en su frente como filosas espinas.
Finalista XI Concurso de Cuentos breves. Lluvia de abril.
Creatividad Literaria. España. Junio 2026.

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