Muchas veces, un simple hecho o una anécdota trivial de la vida laboral puede originar risas espontáneas que iluminan la jornada. Pero en el misterioso y a veces caprichoso devenir del tiempo, su recuerdo y la nostalgia acumulada pueden transformar aquellas carcajadas en lágrimas contenidas. La memoria tiene esa extraña capacidad de cambiar el signo de las emociones; lo que antes era gracia, con los años se vuelve un tesoro de humanidad que nos aprieta el pecho.
Todo comenzó una mañana gris de Buenos Aires, de esas donde la humedad parece pegarse a las paredes de hormigón. Me dirigí a la obra en construcción de una central telefónica de Entel, aquel gigante estatal que hoy solo habita en los archivos de la nostalgia. Estábamos en plena etapa de instalación del sistema de calefacción central. El aire olía a esa mezcla inconfundible de cemento fresco, metal cortado y el polvo suspendido.
Al llegar, me detuve a observar la escena: el sobrestante de la obra estaba enfrascado en una conversación intensa con el encargado del montaje de la Empresa Contratista. Aquel muchacho, el sobrestante, era una pieza curiosa en ese rompecabezas de cascos y planos. Estaba cursando los últimos tramos de la carrera de abogacía, un mundo de códigos y leyes que nada tenía que ver con el hormigón armado. Sin embargo, estaba allí reemplazando a un técnico veterano que se encontraba con parte de enfermo. Era un joven despierto, de ojos vivaces y modales educados, pero inexperto en los menesteres de la ingeniería civil.
El nudo del problema era técnico. Era necesario desplazar horizontalmente unos diez metros el llamado "tercer caño". En las instalaciones de vapor de aquel entonces, este caño adicional cumplía una función vital: era el destinado a transportar el retorno del agua condensada desde los lugares más alejados de la red hacia la caldera, valiéndose de su pendiente natural
Como director de obra de instalaciones, mi deber era intervenir para evitar errores. Me acerqué con la intención de tomar el mando, pero algo en la actitud del joven me detuvo. El muchacho le estaba indicando al encargado del montaje —un hombre curtido por décadas de instalaciones, de manos callosas y pocas palabras— los lugares óptimos por donde pasarlo. Lo hacía con una seguridad pasmosa, señalando las vigas y los huecos entre el hierro con una autoridad que me dejó mudo.
—Mire esa viga —decía el joven, apuntando con un dedo firme hacia lo alto de la estructura—. Por este lugar el caño puede pasar sin problemas. Aquí es posible desplazarlo, porque se forma un hueco natural. Incluso se lo puede atravesar por entre esas columna, respetando la caída necesaria.
Me quedé al lado de una columna, en silencio, observando aquella "clase magistral". Estaba genuinamente sorprendido por la resolución de aquel estudiante. Sin tener el título de ingeniero ni los años de oficio, estaba aplicando una lógica espacial y un sentido común envidiables. El encargado del montaje lo escuchaba obnubilado, asintiendo ante cada indicación, convencido de que estaba ante un experto. Una vez terminada la reunión, el contratista aceptó la solución propuesta sin cuestionar un solo punto. Se convino que esa misma tarde se prepararía un esquema detallado para que yo, como director, le diera el visto bueno final.
Sin embargo, la verdadera magia ocurrió cuando nos retiramos al local destinado a la oficina de la sobrestancia, un recinto austero lleno de planos amarillentos y olor de café recalentado. En cuanto cruzamos el umbral y nos sentamos en los respectivos escritorios, observé con asombro cómo iba cambiando el semblante del muchacho. La máscara de seguridad y confianza se fue diluyendo paulatinamente, transformándose en una expresión de pura incertidumbre y perplejidad. Me miró a los ojos y me soltó aquella pregunta repentina:
—Ingeniero... el contratista me dijo que era el tercer caño. Pero yo siempre estudié que solo hay dos caños: uno de ida y otro de vuelta. Por favor, no entiendo nada... ¿Me puede explicar para qué sirve ese tercer caño?
Después de la escena de autoridad que yo había presenciado, esa pregunta de incredulidad me resultó maravillosa. Solté una carcajada que debió retumbar en todo el edificio. La realidad era que el muchacho no tenía la más mínima idea de la función del tubo, pero había resuelto el problema de la trayectoria y su pendiente con pura inteligencia y sentido común, convenciendo incluso a los veteranos de que era un entendido en la materia. Aquella tarde nos reímos mientras yo le explicaba, ahora sí, los misterios del retorno del condensado.
Pasaron casi treinta años. La vida, con sus vueltas cíclicas, nos llevó a ambos por caminos muy distintos. Llegó el año 2001, la época nefasta del “corralito” en Argentina. Al presentir que era él, le pedí a la secretaria que quería que atendiera mi caso personalmente. Cuando ella me hizo pasar, lo reconocí de inmediato. Su rostro era ahora el de un hombre maduro, de porte elegante y traje impecable. Tenía algunas canas, pero mantenía los rasgos vivos de su juventud. Me miró intrigado, percibiendo algo familiar en mí, pero el tiempo había erosionado mis facciones y no lograba ubicarme. En ese momento, aquella querida Entel ya no existía; había sido privatizada y entregada a empresas multinacionales.
Con el alma cargada de angustia por el presente, y la emoción de volver a verlo después de tres décadas, las lágrimas humedecieron mis ojos sin que pudiera evitarlo. No pude articular un saludo formal. Solo pude balbucear, con la voz quebrada por la nostalgia:
—¿Te acordás del tercer caño de aquella obra de Entel?
Al instante me reconoció. Vi su cara de asombro y cómo su postura rígida de abogado prestigioso se desmoronaba para dar paso al joven que alguna vez fue. Y al vislumbrar que sus ojos brillaban, me di cuenta que ahora también en él, las lágrimas se asomaban a sus ojos. En ese silencio compartido, nos dimos cuenta de que estábamos unidos por algo más que un problema de ingeniería: estábamos unidos por el recuerdo de un tiempo en el que éramos más jóvenes, más audaces y en el que un simple caño podía ser el centro de nuestro universo.
Relato de mis recuerdos de Entel.
Publicado año 2006.

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